A continuación, el texto íntegro de la homilía de Mons. Mauro Lalli.
+M. Lalli – 19/10/2026
Basílica de los Santos Juan y Pablo en el Celio
Reverendísimo Superior General de la Congregación de los Pasionistas,
Reverendas Religiosas y Reverendos Religiosos Pasionistas,
Queridos hermanos y hermanas:
celebramos la Fiesta de San Pablo de la Cruz, apóstol de la Pasión de Cristo, cuya vida y cuyas enseñanzas, aunque maduradas en tiempos distintos de los nuestros, tienen mucho que decirnos a nosotros y a nuestro mundo.
Hace pocos días, en la homilía leída por el Cardenal Luis Antonio Tagle durante la Santa Misa del décimo aniversario de Amoris laetitia, el Santo Padre nos recordó que «la caridad doméstica […] es la primera escuela de los afectos, el primer precioso e insustituible aprendizaje de la “alegría del amor”» (14 de octubre de 2026). Quisiera, por tanto, aludir ante todo al terreno en el que arraigó la semilla de la vocación de San Pablo: la familia.
La gran acción de gracias que elevamos al Señor parte así de la pequeña ciudad de Ovada, en la provincia de Alessandria, y de un contexto familiar modesto, normal, noble no tanto por el linaje como por los valores vividos de la vida cristiana.
El mismo San Pablo dirá que fue en aquel ambiente donde comenzó a «gustar el amor de Dios», encontrando entre las paredes de su casa, especialmente en el vínculo con su madre y con su hermano Juan Bautista, la llama de una fe sincera y devota en la que encender sus entusiasmos juveniles: primero el sueño de hacerse soldado, después la creciente conciencia de estar destinado, en los planes de Dios, a otro ejército y a batallas más altas y decisivas.
Fue en aquel clima de piedad humilde y sólida, y de fuertes y sanos ideales, donde germinó en su alma un binomio que lo acompañaría durante toda su vida: la contemplación silenciosa del amor de Dios y el impulso valiente de la profecía.
Y fue allí donde el misterio de la Cruz, «necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan […] fuerza de Dios» (1Cor 1,18), comenzó a penetrar cada vez más profundamente en su existencia personal de niño, joven y adulto, a través de inspiraciones, alegrías y sufrimientos, pero sobre todo gracias a un continuo recogerse ante Dios, para meditar todas las cosas (cf. Lc 2,19) y hacer de ellas instrumento de discernimiento y de iluminación.
Entre los lugares-símbolo de esta búsqueda podemos contar la “celdita de San Carlos”, en Castellazzo Bormida, donde en soledad eremítica escribió las Reglas de la futura Congregación, y el Monte Argentario, primer convento de la fraternidad.
Estos lugares, sin embargo, evocan un espacio más importante, interior, que San Pablo aprendió a frecuentar dentro de sí desde la infancia y en el que, con el paso de los años, se esforzó por morar cada vez más habitualmente.
Es la “celda” escondida en la que aprendió a leer y a hacer suyos, con claridad y concreción cada vez mayores, los signos de la Pasión, que después tradujo en los símbolos que os caracterizan: los clavos de las tribulaciones, el laurel de las conquistas, el olivo de la paz, el corazón y la cruz, expresión del don y del sacrificio, el blanco y el negro, imagen de las luces y las sombras de la existencia.
De todo esto San Pablo, con la ayuda del Espíritu, hizo síntesis en su interior, hasta llegar a madurar y abrazar la misión de «promover […] la continua y devota memoria de la vivificante Pasión y Muerte de Jesucristo» (Regla de 1775, Capítulo XXXIV), comprendida y anunciada como la «obra más grande y estupenda del amor divino» (Cartas II, 499).
Se dedicó así a proclamar con la vida lo que la liturgia nos ha hecho rezar con el Salmo responsorial: bendito sea el Señor, cuyo amor es “desde siempre” y “para siempre” (cf. Sal 102,1.17). En el Crucificado, San Pablo reconoció ante todo el gran signo del amor fiel de Dios, experimentado en tantos momentos de su historia, anunciado en su predicación y ahora confiado a vosotros, religiosos de la Congregación de la Pasión de Jesús y miembros de la gran Familia Pasionista.
Nos enseñó que la Cruz no es la memoria de un acontecimiento lejano, sino un don actual de gracia y de caridad que actúa en nosotros, único camino a través del cual, en la Pascua del Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nuestra salvación, nuestra existencia encuentra sentido, plenitud y cumplimiento.
Queridos amigos, nunca como hoy, en un mundo en muchos aspectos ostentosamente indiferente y alejado del Señor, pero precisamente por eso aún más necesitado de luz y de esperanza, es necesario meditar y difundir el mensaje de la Pasión, testimoniando con fuerza lo que hemos escuchado en el Evangelio: «el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25).
Solo el amor salva: el amor de Dios por nosotros y, en Él, nuestro amor recíproco. Lo reafirmó el Papa León XIV en la Carta Encíclica Magnifica humanitas, cuando, refiriéndose precisamente a la Pasión de Cristo, escribió que «el futuro de la humanidad encuentra […] su criterio en la capacidad de acoger este modo divino de hacerse cercano, de compartir el peso del mundo, de transformar desde dentro las relaciones» (232).
Para vosotros, Pasionistas, esta misión pasa ante todo por la ofrenda y el testimonio de vuestra Consagración, a la que es importante que renovéis cada día adhesión y entrega, en la oración, en la vida comunitaria, en la caridad fraterna, como el mismo San Pablo os recomendó en su Testamento espiritual.
Vuestro carisma es la Cruz y, por tanto, el amor que no calcula ni mide. Lo expresó muy bien San Juan Pablo II, en un Mensaje dirigido a vosotros, diciendo que vuestra tarea en la Iglesia es amar: «amar allí donde es más difícil amar; amar donde hay más necesidad de amor» (Mensaje al Superior General de los Pasionistas, 25 de agosto de 2000). También el Papa Francisco, años después, reafirmaba el mismo pensamiento, definiéndoos «profetas del amor del Crucificado en un mundo que va perdiendo el sentido del amor» (Mensaje con ocasión de las Celebraciones Jubilares del Tercer Centenario de la Congregación, 15 de octubre de 2020).
Y es muy hermoso percibir el eco de este binomio de amor y profecía en el tema que elegisteis para el encuentro de los jóvenes Pasionistas, celebrado aquí en Roma el verano pasado. Dice así: «Carisma que une, misión que envía» y, a la luz de lo dicho, podríamos fácilmente sustituir la palabra “carisma” por el término “amor”. «Amor que une, misión que envía», porque, como dice vuestro lema: «que la Pasión de Jesucristo [revelación plena de la caridad del Padre] esté siempre en nuestros corazones» y en el corazón de todo hombre.
Queridos Padres Pasionistas, deseo renovaros con profunda estima la exhortación que os dirigió el Papa Benedicto XVI: custodiar y reavivar constantemente en vuestro corazón y en vuestro ministerio “la memoria passionis Christi”.
Escribía el Papa Benedicto en el Mensaje al Capítulo General de los Pasionistas en 2006: «Vuestro Fundador estaba íntimamente convencido de que los males del mundo derivan del olvido de la Pasión de Jesús: por eso, su anhelo incesante fue hacer memoria e invitar a hacer memoria de la Pasión» (Benedicto XVI, Mensaje firmado por el Cardenal Tarcisio Bertone a los Participantes en el Capítulo General de los Pasionistas, 5 de octubre de 2006).
Reverendos Padres, al renovaros mi más vivo agradecimiento por la amable invitación, deseo formular un deseo que brota directamente de la fuente de vuestro carisma.
Me uno idealmente al deseo que el santo fundador Pablo de la Cruz dirigió a la Hna. Colomba Gertrude Gandolfi en el contexto de su intenso epistolario espiritual, donde meditaba místicamente sobre el misterio de la “muerte en el puro amor”: «Jesús Crucificado esté siempre en [vuestro] corazón para haceros santos de la secreta santidad de la Cruz. ¡Amén!».