Homilía en el 40.º aniversario de la beatificación de Pío Campidelli
La celebración eucarística de esta tarde concluye una peregrinación que ha sido llamada «de fe y de memoria». La urna que custodia los restos mortales del beato Pío Campidelli ha vuelto, en efecto, a los lugares significativos de su peregrinación terrena, suscitando no sólo memoria, sino también invocación y oración. Incluso ahora, mientras estamos reunidos en torno a la mesa de la Palabra de Dios, el Señor nos pide que lo escuchemos. Precisamente el domingo pasado, la página del evangelio nos volvió a proponer la imagen del «buen pastor». También hoy hemos escuchado: «Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10,27-28).
Detengámonos entonces por algunos momentos a reflexionar, porque son palabras que verdaderamente nos confortan. Jesús nos conoce personalmente y da a cada uno de nosotros su vida; el suyo es un amor que nos abraza tan sólidamente que nos hace casi una sola cosa con él. Después de haberlas escuchado, se nos impulsa a exclamar confiados: «Tus palabras, Señor, nos dan una certeza profunda que queremos vivir humildemente, fundándonos en tu fidelidad. Tú eres, en efecto, el único pastor en quien podemos confiar plenamente y sin temor. Sumergidos en tu amor infinito, somos sostenidos por tu fidelidad, que todo lo guía con amor, verdad y misericordia». Estoy seguro, queridísimos, de que estos mismos sentimientos podemos hacerlos nuestros serenamente, refiriéndolos a nuestro beato, del cual San Juan Pablo II dijo en la homilía de su beatificación: «fue verdadera «sal de la tierra» para cuantos lo conocieron en vida, y «sal» sigue siendo para cuantos se acercan al luminoso testimonio de su ejemplo» (Homilía del 17 de noviembre de 1985).
No seré yo, queridísimos, quien les narre su vida, pues ustedes podrían contármela perfectamente. Recordaré sólo que el beato Pío Campidelli nació en 1868 en Trebbio (Forlì), en una familia campesina profundamente cristiana. Quedando huérfano de padre a los 6 años, fue educado en la fe con gran esmero por su madre. Desde pequeño se distinguió por la devoción que lo llevaba a participar activamente en la vida de la parroquia y a ser, con su oración, un buen ejemplo para sus contemporáneos. Sintió pronto la vocación a la vida religiosa y, a los 14 años, entró entre los Pasionistas tomando el nombre de Pío de San Luis, continuando haciéndose notar por la ejemplaridad de su vida. Ésta, sin embargo, fue muy breve: apenas siete años. Habiendo enfermado de tuberculosis, murió con tan sólo 21 años en 1889.
Podemos preguntarnos: ¿qué ocurrió en estos pocos años? Retomemos del evangelio la afirmación: «Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco». Pero ¿qué significa que Jesús nos conoce? Decía San Gregorio Magno: «¿Quieres saber cómo nos conoce? Lo hace amándonos» (Homilías sobre los Evangelios 14, 3: PL 76, 1129). Pues bien: en los pocos años de su vida terrena, el beato Pío Campidelli comprendió verdaderamente que Dios lo amaba.
Jesús, sin embargo, continúa diciendo: «escuchan mi voz y… me siguen». No basta con escuchar a Jesús. Es necesario seguirlo. Ésta es la prueba de que verdaderamente lo escuchamos. ¿Hasta cuándo? Siempre. Así es como uno se hace santo. Siguiéndolo hasta convertirse en una sola cosa con Él.
La santidad, queridísimos, es la gracia que nos hace una sola cosa con Cristo. No estoy exagerando; lo repito, precisamente porque estamos a punto de acercarnos a la mesa de la Eucaristía para nutrirnos del mismo Cristo. Me vienen entonces a la mente algunas palabras de San Juan Crisóstomo, que resumo así: «Os he unido precisamente a mí: «Comedme, bebedme», he dicho. Desde lo alto de los cielos os sostengo y desde abajo os abrazo. ¿No os basta? Descendí del cielo, me mezclé con vosotros; más aún, me entrelacé con vosotros. Soy masticado y partido en minúsculas partículas para que este entrelazamiento y esta unión sean más completos. Ya no desearía ninguna división entre nosotros. Quiero que vosotros y yo seamos uno» (In epist. I ad Timoth., XV: PG 62, 586).
Este pasaje, que acabo de leer, con su lenguaje fuertemente corporal y casi escandaloso, pone al desnudo el corazón de la Eucaristía, que es misterio de comunión total. Con la Eucaristía, Jesús no se limita a «estar cerca» de nosotros, sino que realiza una unión real, profunda, impensable. Las imágenes del «comedme, bebedme» y de ser «partido en minúsculas partículas» no son crudeza, sino intentos de decir lo indecible: Dios no salva a distancia, sino entrando en la carne del ser humano hasta hacerse su alimento. Impresiona sobre todo la dinámica del abajamiento: del cielo a la tierra, de la trascendencia a la fragilidad del pan partido. Es un movimiento que no destruye la distancia entre Dios y el ser humano, sino que la transforma en comunión. Ya no separación, sino «entrelazamiento», como dice Crisóstomo. Todo alcanza el vértice cuando él pone en los labios de Cristo este deseo: «ya no desearía ninguna división entre nosotros». Aquí el lenguaje se vuelve esponsal y místico: Dios no se contenta con ser creído, quiere ser unido. Esto es lo que es la Eucaristía: no sólo presencia, sino transformación recíproca — el ser humano es asimilado a Cristo mientras Cristo se da al ser humano.
Pienso que en esta misma línea deben releerse también las últimas palabras que nuestro beato pronunció en los últimos momentos de su vida terrena: «¡Oh grandeza infinita de mi Dios! ¡Oh bondad infinita! ¡Oh sabiduría! ¡Oh misericordia, grande, inconmensurable de Dios! ¡Oh gran caridad!». Meditando sobre estas exclamaciones, también nosotros podemos recogernos en una breve oración: «Señor Jesús, Buen Pastor, que conoces a cada uno de nosotros y nos llamas por nuestro nombre, concédenos escuchar tu voz y seguirte con confianza. Haznos una sola cosa contigo en la Eucaristía, para que tu amor nos una de tal modo que ya no haya separación entre nosotros. Sosténnos en la fidelidad del Padre y guíanos a la santidad, para que toda nuestra vida sea alabanza a tu infinita misericordia. Amén».
Cattedrale di Rimini, 28 aprile 2026
Marcello Card. Semeraro




