Reflexiones sobre la Reestructuración de la Congregación Pasionista
XII° Sínodo General
Roma, 28 de noviembre al 6 de
diciembre de 2004
Hemos abierto el Sínodo
con la liturgia en nuestro jardín de los Santos Juan y Pablo, con la lectura
del pasaje del Evangelio según San Marcos que se refiere a la institución de la
Eucaristía en la Última Cena de Jesús con los discípulos y la narración del
Getsemaní.
“Tomad”, se entrega, “Tomad, éste es mi cuerpo”, dona en totalidad su vida.
“Tomó luego una copa... se la dio... Ésta es mi sangre, la sangre de la
alianza, derramada por muchos...”, derrama y dona su sangre con la certeza de
una novedad de vida, “no beberé... hasta el día aquel en que lo beba nuevo en
el Reino de Dios” (Cfr. Mc 14, 22-26).
De frente al hecho inminente de la Pasión, Jesús manifiesta una absoluta
confianza en Dios. Hay una gran armonía y continuidad entre la Última Cena, el
Getsemaní y el Calvario, tres actos de un mismo drama de amor: “he deseado
tanto comer esta Pascua con vosotros...”, “Tomad, éste es mi cuerpo
entregado... ésta es mi sangre derramada por muchos...”. Luego, en el
Getsemaní: “Padre, aleja de mí este cáliz... pero no se haga mi voluntad sino
la tuya”. Y, finalmente, sobre el Calvario: “Padre, ¿ por qué me has
abandonado?... Padre, en tus manos entrego mi espíritu”.
La tristeza y la angustia del Hombre Jesús y después la obediencia del
Hijo. Será la muerte, una dura muerte, ensombrecida aún más por la soledad y el
rechazo, “vino entre los suyos y los suyos no lo acogieron” (Jn 1, 11), pero
producirá vida nueva en abundancia. Jesús sabe que su muerte es un proyecto de
vida.
La vida nueva, fruto de su muerte, será como una bebida en el Reino de
Dios. Pero esto no quita que Jesús, sobre el Monte de los Olivos, en el
Getsemaní, en arameo “gat se mane”, lagar para el aceite, esté angustiado y
como dividido en el alma por la proximidad del sufrimiento y de la Pasión:
Jesús es la oliva aplastada en el lagar. Él ha conocido, como sucede al hombre,
la generosidad del don y el deseo de apartarse, la serenidad del abandono y el
miedo de perderse. Pero no se sustraerá, en su corazón ocurre la aceptación
incondicional: “Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”.
Jesús sabe que su Pasión es un designio de Dios. Es procesado y rechazado por
los hombres, pero el cáliz viene de las manos del Padre.
Nuestra tarea en este Sínodo es discernir “el designio y la voluntad
divina” hoy, con relación a nuestra Congregación y a sus estructuras; es
reflexionar sobre nuestra vida como Congregación dentro del actual mundo
globalizado y sobre el sentido y la eficacia de nuestra misión en él.
Todos somos conscientes de que el desafío interpela nuestra consagración a
la Pasión de Jesús hasta sus raíces y que en muchos países es un desafío que
llega incluso a la supervivencia misma de la Congregación. Con la Iglesia del
Concilio y del post-Concilio hemos dado grandes pasos en la renovación, pero es
necesario ir más allá. No podemos cerrar la mente y el corazón y encerrarnos en
el seno de las viejas estructuras jurídicas, creyendo que nos estamos
preservando. Es necesario ir más allá con coraje para ser levadura en un mundo
que cambia. La eficacia de nuestra Misión es nuestra misma vida. Vivimos si
realizamos nuestra Misión, así como la levadura está viva solamente al
fermentar la masa. Si la levadura decide preservarse, está decidiendo la muerte
de sus gérmenes vitales.
Juntos, tendremos que vencer las resistencias y los miedos de nuestro
propio corazón y de los corazones de los religiosos que han sido confiados al
servicio de nuestra autoridad. Nos parecerá morir, pero será una opción de
vida. Conservar granos de trigo en un pote de alabastro o terracota no es
elegir la vida y conservarla, sino dejar secar la semilla, que perderá su
capacidad de vivir y de engendrar vida. En cambio, el grano de trigo echado en
tierra y como perdido, brotará en espiga y será vida nueva; así como las olivas
en el lagar, pisadas y aparentemente destruidas, producen el aceite perfumado
que servía para ungir profetas y reyes en el Antiguo Testamento y sirve para
consagrarnos como hijos de Dios y para formar ungüentos y aliviar las heridas
de los hombres; así como para Jesús en su Pasión, la tarde del viernes más
oscuro de la tierra, parecerá que todo ha terminado, “nosotros esperábamos...”,
dirán los discípulos de Emaús, pero luego reconocerán que el Crucificado ha
resucitado y ha caminado con ellos. Tendremos que afrontar el tema de la
Reestructuración en la óptica del Misterio Pascual y es con este espíritu que saludo
fraternalmente a todos los presentes. Venimos de diversas partes del mundo, con
diferencias culturales y en la internacionalidad, con la presencia de los cinco
continentes, pero unidos en la Pasión de Jesús y en la esperanza que nace de la
Cruz.
Es hermoso estar de nuevo juntos. Pero este Sínodo que celebramos ha sido
atravesado por la Cruz: Su realización, que debía haberse llevado a cabo en
México, en septiembre pasado, se vio obstaculizada por mi imprevista
intervención quirúrgica; y, ya en la proximidad de esta celebración, la grave
enfermedad del P. Umberto Palmerini, Secretario y Procurador General, además de
aquella, gracias a Dios menos grave, del relator P. Liberti, S.J., operado de
urgencia la semana pasada. Los místicos leen estos impedimentos como obstáculos
puestos por el “enemigo” para contrastar las cosas que favorecen el Reino de
Dios. Nosotros los vivimos con fe en la voluntad de Dios.
Ha sido una decisión difícil modificar el lugar y la fecha del Sínodo;
luego el Consejo General, valoradas todas las cosas, ha optado por su
celebración en Roma, en este final de noviembre de 2004.
Quiero agradecer en esta sede a la Provincia de Cristo Rey y a todos sus
religiosos, especialmente al P. Francisco Valadez, Superior Provincial con la
actual Curia y al P. Alfonso Iberri, anterior Superior Provincial y a su
Consejo, así como agradezco también a las religiosas pasionistas y a los laicos
de la Familia Pasionista de México que han colaborado con la Provincia REG en
la preparación del acontecimiento. En el pasado mes de julio, con ocasión de la
celebración del Capítulo Provincial y de la visita a las comunidades, que
recuerdo con alegría, he apreciado el empeño y la realización de las obras que
servirán para las actividades pastorales y culturales de la Provincia y estarán
ya listas y probadas para un próximo Sínodo de la Congregación, Dios mediante.
La desilusión ha sido grande, también para nosotros, y ello nos entristece.
Pero dice un refrán latino, Quod differtur non aufertur: lo que se pospone no
se cancela, por tanto los participantes en el próximo Capítulo General podrán
escoger de nuevo a México como sede del Sínodo de la Congregación del 2008, con
libertad de espíritu.
Queridos Cohermanos, el Sínodo que estamos celebrando no es un sínodo
cualquiera, un sínodo que se suma a los otros del pasado, aunque hayan sido
importantes y hayan orientado y respaldado nuestra vida y formación permanente.
Considero este Sínodo como un acontecimiento vital para la Congregación. Por
este convencimiento, dada la posibilidad de mi ausencia, más que por observar
cuanto está prescrito por las Constituciones en el n. 144: “una asamblea con
función consultiva y de ayuda al Superior General”, nació la decisión de
posponer el Sínodo de finales de septiembre a finales de noviembre: es un tema
que necesariamente debemos afrontar todos juntos, como una sola fuerza; era
necesario que estuviéramos todos presentes, tanto el Consejo General como los
Superiores Mayores, para tomar conciencia de ello y para indicar decisiones.
Es un tema al que le doy mucha importancia y estoy convencido de que somos
parte de un designio de Dios para la Congregación en el momento histórico
actual, y esto lo afirmo no con orgullo sino con ansiedad y sentido de
responsabilidad, a la cual es difícil sustraerse, ¡como no se sustrajo Jesús en
el Getsemaní! Y no podemos huir de la Palabra de Dios como Jonás o, como él,
estar enojados y descontentos si los planes de Dios son diferentes a nuestros
proyectos (Cfr. Gn 1,3; 4,1).
Todos nosotros, con los diálogos y con nuestras experiencias acumuladas en
las Comunidades, Provincias, Vicariatos y en los pueblos entre los que vivimos,
somos el gran recurso de este Sínodo.
Tenemos una tarea de responsabilidad al identificar dónde y de qué manera
el Espíritu Santo quiere dirigir el camino de la vida de la Congregación y
tomar decisiones adecuadas para su presente y su futuro. Podemos favorecer la
vida u obstaculizarla, ser vencidos por las dificultades o vencerlas.
Todavía hay posibilidad de Renacimiento y Revitalización, pero para que
puedan realizarse concretamente tendrán que basarse en la innovación, en el
salto creativo y en la conciencia de la fuerza que deriva de nuestro carisma y
de la presencia viva de Dios en la historia. Es necesario tener confianza y
superar el Mar Rojo del miedo y de la indecisión. El Espíritu nos interpela y
nos empuja a no detenernos en las situaciones actuales. ¡Dejémonos animar por
la fuerza de nuestro Carisma! San Pablo de la Cruz no fundó la Congregación
para seguir administrando lo que ya existía, sino que engendró una fuerza
nueva, un viento del Espíritu que inundó la Iglesia y el mundo, tanto que se
cuenta que el Papa Benedicto XIV habría dicho: “Esta Congregación que ha sido
la última en nacer, tendría que haber sido la primera” “Engendrar una nueva
fuerza, un viento del Espíritu”, es cuanto nos piden la situación del mundo
actual y el estado de la Congregación, las religiosas y los laicos de la
Familia Pasionista en los cincuenta y ocho países en los que vivimos y trabajamos.
Durante los cuatro años anteriores, después del Capítulo General de
agosto-septiembre del año 2000 en Brasil, he tenido la oportunidad de visitar
todas las Provincias, Viceprovincias y muchos de los Vicariatos de la
Congregación. He participado en las celebraciones de varios Capítulos y
Congresos y he visitado las comunidades y con frecuencia he encontrado a laicos
y religiosas de la Familia Pasionista. Hay vitalidad, compromiso, trabajo y
realizaciones en el campo apostólico y social; no raramente en muchas
situaciones, en comunidades y en religiosos, hay santidad y heroísmo: elementos
positivos que no podemos desconocer o renegar y por los cuales agradecemos a
Dios. Aspectos positivos, unidos a muchos problemas, carencias y dificultades,
como es normal entre seres humanos. Pero si nos imaginamos liberar y unificar
en nuestra acción en el ámbito mundial la multietnicidad de la Congregación con
sus riquezas, haciendo brotar y compartiendo las potencialidades que las
Provincias más antiguas tienen en cuanto a historia, patrimonio cultural,
formación, tradición y capacidad de organización, incluso económica, y, al
mismo tiempo, liberamos la vitalidad, la juventud y la necesidad y sed de
futuro de las áreas más jóvenes de la Congregación, creo que podríamos volar
mucho más alto. Es el tesoro del Evangelio del que habla Mateo: “Así, todo
escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño
de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo antiguo” (Mt 13, 52), sangre
nueva y sangre antigua que se fortalecen mutuamente, unidas y realizadas dentro
del único y mismo carisma.
Actualmente somos una Congregación internacional que, sin embargo, vive y
realiza la internacionalidad y la mundialidad solamente en los momentos
institucionales, como Capítulos Generales y Sínodos, encuentros culturales y
celebraciones, que son acontecimientos importantes y fuertes, pero limitados en
el tiempo y en la capacidad de incidir en la vida concreta.
Estamos llamados, reconociendo los signos de los tiempos ya maduros, a
pensar y programar, con un proceso a mediano plazo, una Congregación nueva en
la internacionalidad de la vida experimentada juntos. No se desconoce lo
positivo de la localización y de la territorialidad, pero
siempre y cuando sean vividas como Congregación más que como Provincias o
Vicariatos, es decir, con movilidad, flexibilidad y en el ámbito de un proyecto
general.
La Reestructuración, por tanto, se refiere a las estructuras jurídicas que
rigen la Congregación, incluidas las que regulan el servicio de animación y de
gobierno del Consejo General y de los Consejos Provinciales; comprendido el
modo de entender y realizar los diversos sectores de su vida como la formación,
la vida comunitaria y espiritual, el compromiso cultural y social, la gestión y
la solidaridad económica con referencia a la Misión y a las pobrezas.
Actualmente, con nuestra organización de Provincias, Viceprovincias, Vicariatos
y Estaciones Misioneras, incluso habiendo nacido en el mismo carisma somos una
multitud de islas. Tenemos puentes y calles de una isla a la otra, como la
solidaridad, las visitas canónicas y pastorales, los Sínodos y los Capítulos
Generales, la legislación, la información y el intercambio de religiosos, en
estos últimos tiempos un poco más acentuado, pero no hacemos y no podemos hacer
proyectos y programaciones unitarias de amplio alcance que respondan a las
diversas situaciones del mundo y de las distintas áreas.
Cada Provincia está ocupada en solucionar sus propios problemas. Estamos
enfrascados en la administración de lo cotidiano y trabajamos a la defensiva,
como si creyéramos que estamos destinados inevitablemente a la muerte. Lo
negamos incluso a nosotros mismos, hablamos de esperanza, pero en muchas
situaciones reaccionamos como si en el fondo del corazón tuviéramos la
sensación de que vamos al agotamiento y a la muerte. ¡No! El Dios de la vida
nos invita a romper el círculo de aislamiento, a “by-pasar” la vida, a realizar
el principio físico de los vasos comunicantes hasta convertirnos en un único
mar de vida y de apostolado en el mundo globalizado. Creemos en el Dios de la
vida, nuestra presencia aquí en el Sínodo es un acto de fe en Él y de amor a la
Congregación.
Pienso que es útil en este punto, hacer referencia también a algunas
reflexiones de la Carta de convocación de este mismo Sínodo.
La reducción del número de los religiosos y las vocaciones en las
Provincias del mundo occidental, el desarrollo de la Congregación en Asia,
Oceanía, África y también en parte en América Latina, y las cambiantes
situaciones del mundo, con el fenómeno de la globalización, nos imponen
históricamente afrontar de la mejor manera el argumento de la Reestructuración.
Esa es, además, una de las tareas que nos ha confiado el último Capítulo
General.
En efecto, la renovación nacida por el Concilio Vaticano II ha modificado
mucho la vida religiosa tanto en la vivencia personal como en la comunitaria,
pero ha dejado casi intactas las estructuras de las Congregaciones. En un mundo
cada vez más globalizado e intercultural, con flujos migratorios de Sur a Norte
y de Este a Oeste, todavía estamos apegados a estructuras consolidadas a
principios del siglo pasado.
En los últimos decenios, el rostro de la sociedad y de la Iglesia ha
cambiado profundamente al igual que el rostro de la Vida Religiosa. El mundo
occidental es cada vez más multiétnico, multirracial y multirreligioso. El
último Capítulo General trató proféticamente el tema de la globalización. El
Documento Capitular afirma: “‘Solidaridad’ es la palabra escogida para
describir una nueva manera de estar juntos como pasionistas en misión por la
vida del mundo. Las ‘nuevas’ realidades requieren ‘nuevas’ respuestas en la fe.
La solidaridad exige de cada uno una conversión profunda de la mente y del
corazón. Se trata de un crecimiento en la comprensión de que la vida es un don
para compartir” (DC 4.6).
Ha llegado ya el momento de crear “una nueva manera de estar juntos”, de
“dar respuestas nuevas a realidades nuevas” no sólo en el ámbito comunitario o
provincial, sino en toda la Congregación.
Reestructurar para revitalizar, reestructurar para permitir un mejor flujo
de vida de una parte de la Congregación hacia la otra “en un sólo cuerpo y un
sólo espíritu”. Ha llegado el tiempo de abrirse al don de la vida para que
todos en la Congregación tengamos la posibilidad de una nueva vida. Donándonos
permanecemos; preservándonos y rechazando la posibilidad de abrirnos nos
engañamos, al creer que permanecemos y sobrevivimos, cerrando de esta manera el
horizonte de futuro: “quien quiera salvar la propia vida, la perderá; pero
quien la pierda por mí y por el evangelio, la salvará” (Mc 8, 35).
Es tiempo de pensar más como Congregación que como Provincia, recuperando
la frescura evangélica y la capacidad de diálogo entre todas las partes de la
Congregación, con intercambio de dones entre las diversas culturas y naciones.
Donde hay una auténtica y sincera comunicación, allí se realiza la verdadera
comunión. Es necesario entrar en la “cultura del otro” para comprender sus
ideas, compartir sus emociones, compartir sus sueños. Uno de estos sueños
consiste en que la Congregación se transforme de tal manera que parezca una
sola provincia y en cuanto tal viva y sea enviada a todas las razas del mundo
para anunciar la Buena Noticia. Jesús nos quiere multiculturales y
multiétnicos: “Id y haced discípulos a todas las naciones” (Mt 28, 19).
Pero, más allá de preguntarse el por qué de una Reestructuración y de
llegar a la convicción de que ya es inevitable realizarla, es necesario preguntarse
y discernir cuál Reestructuración se necesita hoy para revitalizar la
Congregación y para ser, por tanto, eficaces en la Misión. ¿Qué tipo de
Congregación queremos para el mundo de hoy con su secularización, su violencia
y su terrorismo, su agresividad en el ámbito global y familiar, difundida
incluso en las pequeñas cosas cotidianas? Mucho nace del olvido de la Pasión de
Jesús y de los grandes “valores” humanos y cristianos y de la incapacidad de
amar y de reconciliarse.
¿Qué Congregación fundaría hoy San Pablo de la Cruz para los males de
nuestro tiempo y para la vitalidad misma de la Congregación? Y, por ende,
nosotros, ¿qué tipo de Congregación podemos establecer como hipótesis para
nuestros días? ¿Y dentro de diez años? ¿Cuál vida comunitaria? ¿Cuál misión?
¿Qué futuro, cómo realizarlo y con cuáles estructuras? Debemos rechazar una
respuesta preconcebida y una Reestructuración ya pensada como solución. La
indicación del tipo de Reestructuración tendrá que nacer de un discernimiento
llevado a cabo mediante un proceso en toda la Congregación. Además, se nos
preguntará cómo implicar a las Conferencias, a las Provincias, a las
Viceprovincias, a los Vicariatos, a las Comunidades, a los Religiosos y hasta a
la Familia Pasionista. ¿Qué criterios se deben tener en cuenta en el
discernimiento? ¿Cuál ha de ser el camino y las etapas del Proceso tanto en el
Consejo General como en las Conferencias y en los Consejos Provinciales? Será
necesaria la formación de “grupos de reflexión”, estudios de “viabilidad” y
consensos para acciones concretas de Reestructuración. La profundización de
estas reflexiones y de otras más, nos ayudará a individuar el camino.
Seremos ayudados en el proceso de profundización del tema de la
Reestructuración por Luis García Sobrado, Vicario General de los Hermanos
Maristas, que nos guiará como Moderador. En la preparación del Sínodo que hemos
realizado con él, hemos llevado a cabo varios encuentros de Consejo General y
de secretaría. Le agradecemos por la disponibilidad y la competencia. Su
Congregación ya ha efectuado un proceso de Reestructuración, aunque no total,
que ha durado unos ocho años, y por tanto nos transmitirá su experiencia y la
de otras Congregaciones. Nos ayudará a reflexionar y a discernir; a saber
presentar el proyecto de la Reestructuración a los religiosos; a saber
encaminar el proceso y a relacionarnos con los que ofrecerán resistencia al
mismo.
Traigo a colación cuánto escribió el P. Annibale Divizia, Sch. P., en su
informe a la Unión de Superiores Generales en noviembre del 2002, acerca de la
Reestructuración.
“Una dificultad más nace de la historia de las Provincias que están
implicadas en el proceso de Reestructuración. Mientras este proceso parece
fácilmente practicable con Provincias religiosas de reciente formación,
¿podemos seguir los mismos criterios con las que tienen una larga tradición
histórica? Las resistencias se multiplican al infinito, porque entran en juego
otras resistencias: la tradición, el localismo, la presencia de institutos y
obras con gloriosa tradición histórica. A ello se suma el hecho de que no pocos
religiosos identifican la incardinación a la propia provincia como algo
prioritario respecto a su misma pertenencia a la Congregación religiosa. La
provincia es considerada más como una Congregación periférica que como una
porción de la Congregación. En estos casos es fundamental saber fijar los
tiempos y las modalidades de la misma Reestructuración”..
Pero continúa confiado cuando afirma que: “un análisis objetivo de la
situación convence a los religiosos sobre la necesidad de superar las viejas y
ya inadecuadas estructuras jurídicas del pasado: el número siempre menor de
religiosos, su edad avanzada, las nuevas exigencias organizativas de nuestras
obras, la falta de vocaciones, etc., son motivos más que suficientes para
convencernos de la oportunidad de tal operación”.
Somos conscientes que tendremos que afrontar también otras dificultades y
desafíos, como aumentar la capacidad de inculturación, de apertura, y acoger
las diferencias, el conocimiento de las lenguas para facilitar la comunicación
interna de la Congregación y para la disponibilidad a ser enviados (y creo que
ya es oportuno decidir en este Sínodo que nuestros jóvenes tengan la obligación
de aprender al menos tres lenguas, incluida la propia); otro desafío es tomar
conciencia del otro, quienquiera que él sea y a qué religión pertenezca;
sentirse a sí mismo como otro. Pero de esto nuestro maestro es el Crucificado.
Dichas dificultades y otras que tendremos que afrontar no nos atemorizan y no
deberían detenernos si buscamos con sinceridad el Reino de Dios: doce apóstoles
de poca cultura, asustadizos y contradictorios, reforzados por el Espíritu
Santo, han transformado el mundo dominado por el potente imperio romano, pagano
y hostil.
Será tarea principal del Consejo General y de los Superiores Mayores, con
instrumentos adecuados, y con procesos y etapas oportunas que nos serán
propuestas y que discutiremos, favorecer e incentivar la mentalización de los
religiosos y los laicos de la Familia Pasionista.
Los acontecimientos, nosotros decimos la Divina Providencia, han empujado a
la Congregación a celebrar el Sínodo en tiempo de Adviento, iniciando el primer
domingo. El Adviento es el tiempo de la vigilancia y de la espera de Aquél que
está a punto de venir, de Aquél que ciertamente vendrá. Él es sin principio y
sin fin, sin embargo es engendrado en el tiempo y si tuviéramos un corazón
simple podríamos reconocerlo en el Niño en brazos de su madre María. Es una
gran Misión de luz y de sangre la de Jesús, el Emmanuel, el Príncipe de la paz,
el Hijo de Dios Altísimo y Dios, Él mismo. Manifestado en la simplicidad y
fragilidad de un niño, será una gran esperanza para todo el pueblo.
La celebración del Sínodo en el tiempo de Adviento, en proximidad de la
Navidad, no la leo como una simple coincidencia sino como una apremiante
invitación a renacer de lo alto. Es una oportunidad que nos es ofrecida por el
Espíritu Santo y por la historia del mundo con sus problemas de paz, de
justicia y de pérdida del sentido de la vida. Estamos invitados a ir hacia
adelante, a dejar las retaguardias de la vida y de la historia y a sembrar
esperanza.
Especialmente los jóvenes de la Congregación nutren grandes esperanzas en
este Sínodo. Sin un gran cambio, ellos temen un futuro cada vez más reductivo y
difícil. Los jóvenes, sin grandes perspectivas o sueños, con el impacto de una
vida comunitaria y apostólica ni fácil ni motivada, pierden rápidamente el
entusiasmo y no pocas veces dejan la Congregación. Éstas son las preocupaciones
y las heridas más abiertas y dolorosas de varias Provincias.
Es indispensable volver a motivar el sentido de la vida religiosa y de la
vocación: ¿Por qué debo hacerme pasionista? ¿Por qué seguir siéndolo? Rediseñar
y descubrir nuevas visuales de nuestra vida religiosa y abrir nuevos horizontes
con grandes valores de referencia, permitirá superar más fácilmente la división
al interno de las Provincias y la estratificación de problemas que a largo
término se vuelven insolubles y ahogan la misma convivencia en las comunidades,
desanimando a los jóvenes.
Somos vigilantes, pero no pesimistas. Si trabajamos bien y no perdemos
tiempo, nuestro futuro será menos incierto y más iluminado y con una mayor y
significativa visibilidad. El testimonio y el anuncio más radicales, más claros
y compartidos en favor del hombre, especialmente si “está crucificado”,
aumentarán, además, la capacidad de animar a los jóvenes y de atraerlos a
nuestra vida.
Antes de terminar quiero agradecer a los religiosos y a todos vosotros,
junto con los monasterios y muchos laicos de la Familia Pasionista por la
oración y la cercanía humana y fraterna con ocasión de mi operación quirúrgica
en el pasado mes de septiembre. Casi ha sido una Reestructuración experimentada
y realizada en la carne: tres “by-pass” para superar dificultades y
taponamientos en el recorrido de la sangre. La intervención ha permitido
irrigar de manera más completa el corazón y le ha dado mayor posibilidad de
vida y por lo tanto de eficiencia y de trabajo. Es cuanto queremos lograr para
la Congregación con el proceso de la Reestructuración.
Confiamos el Sínodo que celebramos a nuestra Señora de Guadalupe, patrona
de México, unida con un arco iris de devoción a la Salus Populi Romani de Santa
María Mayor, donde el 24 o 25 de septiembre de 1721 San Paolo de la Cruz,
Nuestro Padre, emitió el voto de vivir y promover la Memoria de la Pasión de
Jesús: el voto que nos califica y nos identifica en la Iglesia y en el mundo.
Este Sínodo es tiempo de gracia para nosotros y para la Congregación porque
estamos reunidos en el nombre del Señor y para discernir su voluntad, como
Jesús en el Huerto de los Olivos. Como Él, vigilamos y oramos: el tiempo
entregado al Señor da a luz cosas nuevas. Para la Reestructuración y el momento
histórico actual no permitamos que nos encuentre dormidos o con los ojos
cansados, porque Él vendrá y como a los discípulos en el Getsemaní, para
implicarlos en su camino, dirá: “La hora ha llegado... ¡Levantaos! ¡Vámonos!”, (Mc 14, 41-42). En el
camino de este Sínodo no estaremos solos porque Él caminará con nosotros en la
voluntad del Padre: “¡Vamos!”. Amén.
Roma, Santos Juan y Pablo
P. Octaviano D'Egidio,
C.P.
28 de noviembre de 2004
Superior General
Primer Domingo de Adviento