Siervo de Dios P. Teodoro Foley, cp
Superior General de los Pasionistas
Daniel Foley nació en Springfield, Massachucetts, EE. UU., el 3 de marzo de
1913. Su ciudad natal reproducía el ambiente en el que creció: floreciente,
rica, con elegantes edificios públicos y privados, con espaciosos parques,
poblada por unos 100.000 habitantes; en ella se habían levantado 500
fábricas e industrias, 30 iglesias y 13 institutos bancarios y de seguros;
además disponía de un excelente sistema educativo con 30 escuelas y de
servicios informativos con tres diarios.
Su padre, Miguel Foley, que había nacido en el condado de Cork, Irlanda, montó una pequeña empresa de producción de papel. Se casó con Ellen Bible, mujer de carácter amable, muy dada a la lectura, que, aunque nacida ya en los EE. UU., era hija de emigrantes también irlandeses. Los dos esposos estaban comprometidos con actividades religiosas, sociales y culturales en su parroquia, y reflejaban el estado de una emigración masiva de Europa al final del siglo XIX y principios del XX: si al llegar se encontraron con hostilidad y prejuicios anticatólicos, poco a poco se fue abriendo camino la toleranza en la sociedad americana , que necesitaba mano de obra.
“Casa Foley”, abierta en la Avenida Brooklyn, mantenía lazos religiosos y familiares con el distrito NorthEnd de Spingfield, de mayoría irlandesa, en donde sobresalía la imponente iglesia del Sagrado Corazón y la escuela parroquial.
El pequeño Daniel, y después su hermana María, frecuentaron la escuela católica del S. Corazón; en la parroquia hizo de monaguillo y comenzó a sentir el primer aire vocacional.
Al llegar a los 14 años y medio se pasó a la escuela de la Santa Cruz, de Dunkirk, en el estado de Nueva York.
En este período, en el colegio-seminario de los pasionistas, la educación en la fe y la sensibilidad por las cosas de Dios evolucionaron hacia la vocación sacerdotal; más tarde se dirigió hacia la vida religiosa después leer “La Vida de San Gabriel” y de encontrarse con los pasionistas en el nuevo convento abierto en su ciudad natal.
Los cinco años de estudios en el centro de la Santa Cruz consolidaron su vocación, de manera que al final de los mismos, como una cosa que cae por su propio peso, pidió la admisión en el noviciado; y después las etapas se encadenaron ordenadamente. Recibió el hábito religioso el 14 de agosto de 1932 y profesó el 15 de agosto del año siguiente con el nombre de Teodoro de María Inmaculada.
Entre 1933 y 1944(¿) estudió Filosofía, Teología y otras materias de preparación para el sacerdocio. En aquellos tiempos los centros de estudio no eran fijos, y los estudiantes cambiaban de retiro cada dos años. Teodoro formaba parte de un curso de 14 compañeros.
Recibido el sacerdocio el 23 de abril de 1940 en Baltimore, estado de Maryland, prosiguió los estudios con los compañeros de curso, y se inscribió para un año de lo que se llamaba Sagrada Elocuencia, cuya finalidad era la preparación inmediata al apostolado de la Palabra.
De 1941 a 1942 fue sustituto del profesor de Filosofía, y enseñó Lógica y Cosmología.
Entre 1942 y 1945 asistió al curso de posgraduado en la Universidad Católica de Washington, donde recibió diploma universitario y se doctoró en Eclesiología con la tesis “La naturaleza de la Iglesia en los teólogos postridentinos”.
Entre 1945 y 1953 fue profesor de Teología Fundamental; en los tiempos libres, sobre todo por la noche, impartía clases a los neconversos. Ocasionalmente predicño en novenas, en el ejercicio de las XL Horas o en retiros espirituales, pero no intervino nunca en las propiamente llamadas misiones pasionistas.
De 1953 a 1956 le fue confiada la dirección de los estudiantes. En este último año los superiores lo nombraron rector de la comunidad de San Pablo, en Pittsburg, muy numerosa y ocupada en un apostolado muy dinámico. El P. Teodoro no había pensado nunca en ser superior, cargo que le cogió de sorpresa. Como persona de carácter templado, ejerció el oficio de superior guiándose por el principio siguiente: “...Hay que ejercer la autoridad a la luz de Cristo, es decir, como servicio y como apostolado de amor; (los superiores) deben guiar a sus subordinados de manera democrática, ahorrándose inútiles exclusivas y dejando todo el espacio posible a la iniciativa particular y a la libertad de juicio a aquellos que tienen tareas particulares”.
Este criterio, que pudo aplicar poco tiempo en Pittsburg, lo aplicaría largamente en Roma.
El capítulo general de 1958 lo eligió consultor general y asistente del general P. Malcolm Lavelle para las provincias de la congregación de lengua inglesa: Inglaterra, Irlanda, Australia y las dos de los EE. UU. Durante este período de permanencia en la casa general de los Ss. Juan y Pablo, además de colaborar con el general en la expansión al extranjero, desempeó la tarea de director de los universitarios, con los que gozaba en las visitas a la Ciudad Eterna; aprovechó también la oportunidad para profundizar en la espiritualidad pasionista, y para convivir con todos de manera sencilla y amable. El año de 1958, el de su llegada a Roma, marcó una fuerte línea divisoria en la historia de la Iglesia: el 8 de octubre murió Pío XII, y pocos días más tarde ocupaba la cátedra de San Pedro Mons. Angel Roncalli, Juan XXIII, quien a los tres meses había convocado ya el Concilio Vaticano II. Durante su celebración, la comunidad general de los Ss. Juan y Pablo acogió a numerosos obispos y teólogos que participaban en el concilio; en ocasiones se producían debates doctrinales o intercambios informativos. El P. Teodoro, enamorado de la Iglesia, era feliz de asistir a aquella etapa, si bien le supuso mayor trabajo: como el P. Malcolm tomaba parte en las sesiones conciliares, al P. Teodoro le recayó mayor trabajo a nivel internacional; todo lo cual, sin embargo, enriqueció su experiencia de gobierno.
En 1964 se celebró un nuevo capítulo general, y los capitulares juzgaron que era quien reunía mayor cúmulo de cualidades y mejor preparación, por lo que el 7 de mayo fue elegido superior general para un mandato de 12 años, aunque sometido a la confirmación en el siguiente capítulo general.
Ya como superior general, participó en el Vaticano II en las sesiones tercera y cuarta de 1964 y 1965, experiencia que le ayudó para aplicar en el gobierno de la congregación el estilo que había advertido en Juan XXIII y en Pablo VI. Del primero aplicó el criterio “verlo todo, dismimular la mayor parte, corregir algunas cosas”(omnia videre, multa dissimulare, pauca corrigere); y del segundo, el diálogo abierto y el respeto a las diversas opiniones.
Clausurado el Vaticano II, al P. Teodoro le cayó la ardua tarea de aplicar en la congregación los documentos conciliares. Convocó un Capítulo General Especial de 1968 a 1970 para actualizar la Regla de los Pasionistas; y durante los capítulo provinciales que se fueron sucediendo en este período tuvo que ser el guía y moderador del difícil proceso de puesta al día (“aggiornamento”).
En la sesión capitular de 1970, aunque había puesto su oficio a disposición de los capitulares, fue confirmado como superior general. Durante los años en los que fue consultor y después superior general logró visitar la mayoría de las comunidades y misiones. Dotado de temperamento pacífico y moderado, muy enamorado de la tradición de la vida religiosa, trató de convertirse en un puente de unión entre los reaccios a los cambios, garantizándoles la continuidad del espíritu, y los amantes de los cambios radicales, moderando sus extremismos.
Los años 1971-1974 presentaron problemas que sometieron su espíritu a un fuerte control y le pidieron una intensa vida de fe: los efectos de la contestación en la Iglesia y en el propio instituto se hicieron evidentes con no pocas defecciones e incluso con la clausura de retiros. El P. Teodoro escribía a su hermana: “A fin de cuentas, lo esencial, hoy, es mantenerse en el espíritu de oración, de sacrificio, de pobreza y de amor a la cruz. Si conseguimos conservarlo, todo tendrá remedio con el tiempo. Sobre todo hay que poner en práctica el amor tanto a Nuestro Señor como al prójimo. Sólo esto nos dará la paz, nos mantendrá en el crecimiento y nos trarerá un gran número de vocaciones”.
Hacia finales de 1973 el P. Teodoro salió de Roma para un largo viaje a las comunidades de Nueva Zelanda, Australia, Nueva Guinea, Filipinas, Japón y Corea. Al regresar a Roma en febrero de 1974 siguió la visita por Francia y Alemania; en abril se trasladó a los EE. UU., para un capítulos y para una nostálgica visita a la familia. Siempre había gozado de buena salud, salvo pequeños achaques sin importancia¸pero antes de viajar a su patria contrajo una infección paratifoidal, mal diagnosticada y curada. Durante aquel capítulo en EE. UU. tuvo fiebre; al volver de los EE. UU. presidió los de Irlanda y Bélgica en el mes de julio. La misteriosa enfermedad le obligó a salir precipatamente de Bélgica y regresar a Roma. Su salud fue empeorando y le sobrevino una crisis pulmonar y reumática con derivaciones cardíacas.
El P. Teodoro tuvo que pasar el húmedo mes de septiembre y los primeros días de octubre en el Hospital del Calvario, de las religiosas de la Pequeña Compañía de María, distante unos minutos de la casa de los Ss. Juan y Pablo. Los médicos le mandaron reposo absoluto, limitaron el número de las visitas y le obligaron a suspender todo trabajo. Durante las últimas semanas en el hospital, los provinciales de todo el mundo estuvieron reunidos en el II Sínodo de la Congregación, que el P. Teodoro hubiera debido presidir; pero esta vez no tuvo siquiera la satisfacción de encontrarse con ellos.
En la tarde dl 9 de octubre de 1974 los religiosos fueron a visitarlo, y lo encontraron de buen humor, reía y charlaba con ellos, y les dijo: “Mañana, después de la misa, quiero que se me administra la Santa Unción, pero discretamente, para no alarmar a nadie; el sacramento me ayudará más que las medicinas”. Pero a las 21,30 empeoró y hubo que llamar rápidamente al capellán pasionista, que le administró la Unción, durante la cual se mantuvo sereno, calmado y tranquilo. De pronto la respiración se hizo fatigosa y comenzó a repetir en voz alta: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía”. La religiosa sor Margarita, que le sostenía la espalda y la cabeza, le dijo: “Ya diré yo las jaculatorias, usted descanse”. Ella dijo: “Jesús, José y María”, y el P. Teodoro repitió lo mismo; pero al pronunciar el último nombre, su cabeza se reclinó sobre la religiosa. Había muerto.
Una gran multitud acompañó el fétretro desde el hospital del Calvario hasta la basílica de los Ss. Juan y Pablo; fue depositado en la capilla de San Pablo de la Cruz. Al funeral del viernes 11 de octubre asistieron dos cardenales, numerosos obispos, superiores de diversas órdenes religiosas y una gran masa de amigos y de hermanos religiosos.
En la mañana del día 12 sus restos fueron llevados por vía aérea a los EE. UU. En Spingfield tuvo lugar el rito fúnebre y la sepultura en el panteón de los pasionistas, allí donde cinco meses antes había dicho que le gustaría ser enterrado.
El 15 de octubre el funeral solemne tuvo lugar en la catedral de San Miguel, de la misma ciudad; el recinto sagrado estaba lleno de fieles. Los pasionistas norteamericanos quisieron honrar a su amado padre y hermano, y a la vez acompañar en el pésame a su hermana y a una tía superviviente. En el lugar de la sepultura, el P. Sebastián Camera, que asumió el gobierno de la congregación como vicario general, pronunció una despedida emocionada:
“Con lágrimas te entrego a esta tierra, a tu tierra natal. Para los que vivimos en la casa general de Roma ha sido un sacrificio muy doloroso desprendernos de tus preciosos restos. Has sido el primer superior general que, después de San Pablo de la Cruz, muere en el oficio. ¡Cómo nos hubiera gustado tenerte cerca de nosotros, en Roma! Pero así como hace 16 años tu América natal se desprendió de ti para regalarnos tu presencia y tu servicio en Roma, así ahora la congregación te devuelve a tu provincia y a tus hermanos americanos”.
Su amor a San Pablo de la Cruz. Durante los diez años de superior general, el P. Teodoro escribió pocas cartas oficiales a la propia congregación; se trata de circulares sencillas y breves. Le gustaba más que los religiosos se empapasen bien de los documentos conciliares y que escuchasen “la voz común” de los que se reunían en los respectivos capítulos provinciales.
Pero sí había aspectos que le resultaban más estimulantes: por ejemplo, alentaba el estudio de la figura de San Pablo de la Cruz, de manera que los estudiosos pasionistas encontraron en él apoyo y estímulo. En 1967 animó a los pasionistas de todo el mundo a conmemorar el I Centenario de la canonización de San Pablo de la Cruz; y en 1971 el 250 aniversario de la emisión del voto de promover la devoción a la Pasión y Cruz de Jesucristo en el corazón de los fieles.
Escribió que “el santo nos dejó un modelo de santidad, tanto a nivel personal como comunitario, una santidad que deberá florecer siempre en la congregación”.
Además de estimular la doveción al fundador, el P. Teodoro animó a profundizar en el misterio de la Pasión de Cristo, centro de la vocación pasionista. En 1972 se reunió el primer sínodo de la congregación, asamblea establecida después del Vaticano II para asesorar a la curia en el gobierno general . Durante él el P. Teodoro apoyó la iniciativa del P. Harry Gielen de que toda la congregación se responsabilizase de un proyecto llamado “Staurós” cuyo objetivo era favorecer el estudio del Evangelio de la Pasión; este plan comenzó en Bélgica en octubre del año siguiente. En aquella ocasión dijo a los delegados:
“La Iglesia nos ha confiado la misión de anunciar el Evangelio de la Pasión con nuestra vida y con nuestras palabras. Y estamos aquí para cumplir este servicio de una manera totalmente nueva y a la vez prometedora. Tratamos de reunir recursos y personas que apoyen el estudio científico del Evangelio de la Pasión y sus importantes dimensiones y relaciones”.
Su herencia. -
¿Qué herencia ha dejado a la
Congregación y a la Iglesia? Tal vez su mayor legado quedó resumido en las
homilías que se pronunciaron durante sus funerales. La primera corresponde
al vicario general y amigo P. Sebastián Camera en la basílica de los Ss.
Juan y Pablo:
”En la comunidad pasionista se ha producido un vacío: nuestro
padre, nuestro sabio maestro y nuestro pastor ha sido llamado
inesperadamente a la casa del Padre...
Quiero recordar la última misa que concelebramos el último día de su vida terrena. En el momento de la comunión partimos la hostiar consagrada; el P. Teodoro permaneció unos instantes con la mano alzada y con los ojos fijos en el Cuerpo de Cristo. Fue un gesto significativo: la culminación de su ofrecimiento iniciado cuando se consagró al servicio de Cristo.
Evocamos su recuerdo en esta luz simbólica, expresión del legado que nos deja al morir.Un legado de amor, de benevolencia fraterna en la casa del Señor, de celosa fidelidad al carisma de la Congregación, a las enseñanzas y al espíritu de San Pablo de la Cruz que él representó durante los diez años de gobierno del instituto; años difíciles, sin duda, años de renovación y actualización de la vida de la congregación, durante los cuales la fidelidad del P. Teodoro Foley fue un ejemplo extraordinario y a la vez un fuerte defensor”.
La otra homilía fue la del P. Flavian Dougherty en la catedral de San Miguel, de Spingfield, Mass., el 15 de octubre de 1874:
“El espíritu de servicio que le era conatural alcanzó niveles muy elevados con el paso de los años, lo que s in duda influyó en que fuera llamado a gobernar la congregación durante uno de los períodos más cruciales de nuestra historia.
Sólo ahora, mirando hacia atrás después de su muerte, podemos admirar qué grande fue la Provicencia de Dios al darnos al P. Teodoro como superior general.
Fue un hombre regular en las costumbres, tan firmemente apoyado en las tradiciones de la congregación, que no aceptó sin más ni más los cambios radicales que han querido instalarse entre nosotros en los últimos decenios.
Era tan benévolo y moderado que las diferencias, las perplejidades y los choques –palabras y situaciones ya normales- resultaban sentimientos ajenos a su temperamento.
Pensaba que estaba fuera del tiempo en este período; y tal vez otros pensaban lo mismo, pues querían verlo más agresivo, sobre todo cuando se trataba de sostener posturas personales.
Pero era precisamente el tipo de hombre que se necesitaba: una persona que, por temperamento y por gracia, buscaba siempre la unidad y la paz.
Han cambiado muchas cosas: el diálogo, los intercambios de opiniones, la fraternidad entre los provinciales de todo el mundo durante el último sínodo, la mayor comprensión de la congregación y del mundo, un mayor sentido de unidad y de comprensión recíproca...Pensamos en todas estas cosas recordando qué diverso era el ambiente que teníamos ante nuestros ojos al reunirnos para el capítulo general de 1968, cuando la congregación parecía como fragmentada y distante por las vicisitudes del momento.
Cuando cambian los sistema y ocurren sucesos sin precedentes, es cuando se necesita contar con la presencia de un hombre fuerte, que, sea a la vez mensajero de paz y esté tan seguro de la propia fe que no lo destruyan los acontecimientos ni las personas más problemáticas, sensible y a la vez confiado de que no va a ser arrastrado por la cadena de cambios. Sobre todo, en tales circunstancias, lo que más se necesita es un hombre de oración que se apoya más en el poder de Dios que en el propio”.
Juan Zubiani, C. P:
Postulador General para las Causas de los Santos.