JUAN BRUNI
EL MORENITO VENIDO DEL MAR
Nacimiento: 08 de agosto de 1882
Profesión religiosa: 10 de agosto de 1898
Muerte: 12 de diciembre de1905
Venerable: 09 de Junio de 1983
Decidió el dinero. Al menos
aparentemente. “La obra de un centavo” (un libro de extraño titulo bebido todo
en un solo trago), lo sumergió en el mundo misionero. Le entreabrió horizontes
sin fin, lo confirmó en la vocación al sacerdocio. Con los ojos llenos de
sueños, fijos más allá del Adriático, recorría paisajes nunca vistos acariciando
el sueño de anunciar la salvación a los todavía paganos. La suma de 500 liras
imposibles para su bolsa lo despertó del sueño regresándolo a la realidad.
Bruscamente se cerraba una puerta que creía abierta. De repente se abrió otra. Y
así Jacobo Bruni se encontrò entre los Pasionistas. Tenía 14 años.
El sueño del morenito
Nació en San Benito del Tronto (Ascoli Piceno) de José y María Antonio Marconi. Padres ejemplares: José, de oficio herrero, está inscrito en dos cofradías parroquiales y observa fielmente sus compromisos; las noches en familia dirige el rezo del rosario. María Antonia es tenida “como santa” y todos los días participa en la misa. Jacobo es el octavo de nueve hijos: cinco de estos mueren de tierna edad; la primogénita María se hará religiosa en el instituto de las Doroteas.
Nace el 8 de agosto de 1882; bautizado el día siguiente con el nombre del abuelo materno. La confirmación apenas un año después. A los tres años en el asilo de las religiosas Vicentinas. Muy pronto se dan cuenta que es muy despierto, vivaz, alegre. Un día por una extraña orden del presidente municipal es quitada de su nicho la estatua de la Virgen; las religiosas, para no excluirla del todo la colocan detrás de una columna en medio de la sala.
Jacobito (llamémoslo también así, como lo hacen todos en su casa y en su pueblo), comenta: “Ha hecho bien el presidente municipal. Así esta más cerca de nosotros y la podemos ver mejor”. En la escuela obtiene la medalla de plata. Se apoya mucho en su familia aunque también le atribuyen culpas que no soy suyas y él acepta los regaños y castigos.
Es abierto a la amistad y protagoniza con frecuencia las travesuras que tejen una infancia normal. Se habitúa al trabajo en la ennegrecida tienda paterna. Forma parte de la banda de música municipal donde toca el clarinete. Don Francisco Sciocchetti lo inscribe entre los “Luisitos” (pía unión formada en honor de san Luis Gonzaga). En la Iglesia durante las funciones “era un placer estar a su lado”, recordará el sacristán Juan Bautista Massetti. El canónigo don Pedro Panfili por casi tres años durante el día lo hospeda en su casa junto a otros jóvenes que muestran tendencia a la vida sacerdotal. Don Pedro sigue y ayuda su preparación escolar impartiendo nociones de latín. Jacobo hace progresos tan sólidos que el párroco lo nombra –a los doce años de edad- maestro suplente en la escuela vespertina para adultos instituida en la casa parroquial.
Entre los jóvenes huéspedes de don Pedro, Jacobo es el que manifiesta más claros signos de la vocación. A los diez años ha sentido la invitación del Señor durante una peregrinación al santuario de la Virgen de Loreto. Él mismo más tarde recordará: “mientras oraba delante del altar he sentido la llamada a la vida religiosa y respondí que si”.
Mientras lo guía don Pedro pone mucha atención a la oración y a la vida de la gracia con la confesión semanal desde la edad de siete años. Se hace apóstol de sus compañeros invitándolos a la confesión. Él mismo se acerca compungido, preciso, devoto.
“Fue mi satisfacción” dirá don Pedro. Y uno de sus confesores testimoniará: “No me he encontrado jamás con un niño que se confesara como Jacobo. Si un día este joven recibirá el honor de los altares quisiera ser el primero en postrarme delante de su amable imagen que nunca ha desaparecido de mi mente”. A los 12 años, en 1894 recibe la primera comunión pensando siempre en la vida sacerdotal y misionera. Pero encuentra no pocos obstáculos comenzando con sus familiares.
Conoce la congregación de los misioneros del Sagrado Corazón y lee con interés su revista mensual “Anales de nuestra Señora del Sagrado Corazón”. Como también lee ávidamente “La obra de un centavo”, que exhorta a ofrecer alguna cosa a los misioneros. Comienza a pedir a todos aquel centavo que puede ser útil para los misioneros en Nueva Guinea convertida en ese momento en la patria de sus deseos. Decide entrar con los misioneros del Sagrado Corazón.
Pide insistentemente a don Pedro que lo ayude y lo atormenta con la cantinela: “Por favor don Pedro hágame entrar en la vida religiosa”. El sacerdote, seguro de la sinceridad del muchacho, va hasta Roma para hablar con el superior de la casa religiosa. Cuando llega la respuesta Jacobo siente el sabor amargo de una esperanza quebrantada; el mundo parece desplomársele encima. Para la aceptación se requieren 500 liras, suma respetable decididamente más allá de las posibilidades económicas de la familia Bruni. ¿desaparece el sueño para siempre? Sin embargo es cierto que aquel camino es el suyo. Le aconsejan el seminario diocesano donde se encuentra ya un primo suyo. Pero ni mencionarlo él desea únicamente el convento: ésta y no otra es su vocación. El pasionista padre Basilio Viti, presente en San Benito para una predicación se entera del hecho y dice: “Dennos a nosotros este muchacho. Y sin hablar de dinero”. Para Jacobo el horizonte se vuelve sereno y ya no piensa en otra cosa que en los pasionistas. Pide y lee la biografía de san Pablo de la Cruz. Los otros esperan que el conocimiento de la vida penitente y austera de los pasionistas le quite la idea del convento. Pero sucede lo contrario. Para convencer a los escépticos que el suyo no es un capricho redobla la penitencia y comienza a vivir como pasionista. “Este hijo me mata, llora la mamá María Antonia; hace penitencia, duerme sobre tablas, pone espinas dentro de la almohada… Si le digo que no lo haga responde que debe probar para ver si logra hacerse pasionista”. Todos se convencen que va en serio y se hacen a la idea de verlo partir. Se fija la fecha del adiós. Lo acompañará el mismo don Pedro que lo ha seguido con amor y afecto. El sacerdote sin embargo se enferma unas semanas antes de la partida. El muchacho ansioso y dice que no lo pueden entretener. “háganme dos alforjas, suplica, metan dentro un pedazo de pan pues yo iré solo a Roma”. Parece ya un desterrado, un pájaro en la jaula y suspira por volar lejos.
Parte junto con don Pedro. Mientras lo acompañan a la estación corre a la Iglesia. Encontrándola cerrada se arrodilla en la entrada para orar; besa tres veces la puerta para saludar y agradecer al Señor.
Al llegar el día siguiente lo recibe el superior general, el beato Bernardo Silvestrelli que lo amará siempre con particular afecto. El padre Bernardo, viendo aquel muchacho de catorce años sonriendo y de los ojos vivarachos, lo llama afectuosamente “el morenito de san Benito”.
“Voy a ver a la Virgen”
En el seminario pasionista de Rocca di Papa, sobre las colinas romanas. Jacobo inicia una nueva vida. Después de un año, el 9 de junio de 1897 se transfiere a la cima de Siriano (Viterbo) para el noviciado. Viste el hábito el 21 de junio y cambia el nombre con el Juan. Vive un empeño total. El rigor no lo espanta. La oración es su alegría. Trabaja para hacer más dócil su carácter, más fuerte la voluntad, más humilde su comportamiento.
El maestro escribirá de él al termino del noviciado: “De éste óptimo joven que he dirigido durante todo el año de noviciado puedo testificar que solo tengo que alabar y bendecir a Dios por su ejemplarísima conducta”. Cumplidos los 16 años requeridos por las normas canónicas, emite la profesión religiosa el 10 de agosto de 1898 en Moricone de la provincia de Roma.
Retoma los estudios para preparase al sacerdocio. Podría pasar de inmediato al estudiantado filosófico-teológico; pero por un error de los superiores va casi un año después. Él no se lamenta. Habita en varias casas religiosas para completar sus estudios: en Moricone en 1898, en San Ángel (Macerata) en 1899, en el santuario de la Virgen de la estrella (Perugia) en 1901, en Roma en 1903. tiene una inteligencia abierta y versátil, una memoria definida como “prodigiosa”, una palabra fácil y precisa.
Ama el estudio y lo hace bien. Mirándolo dentro se encuentra todavía mejor y más luminoso. Las alabanzas de los testigos parecen un río desbordándose. Recordarán: “Joven de una pureza singular: su alma podría compararse con clarísimo cristal. Empeño extraordinario por adquirir la perfección. Bastante dedicado a la oración y al recogimiento de espíritu. Amantísimo de la soledad. Afabilísimo. No faltaba ninguna virtud en Juan. Nunca fue visto melancólico … practicaba la virtud de manera amabilísima. Nada exagerado, nada aparentado, todo en él era natural y espontáneo. Su fe parecía tan viva y simple como de un hombre más celestial que terrenal… En la caridad fraterna tierno y afectuoso, amante de la mortificación.
Donde era más admirable era en la humildad y en el amor de Dios… Estaba en íntimo y habitual recogimiento. La oración fue el eje de su vida… En todas las virtudes estaba más allá de lo común; lo veía progresar constantemente, sin cambios en su fervor”.
Los procesos de beatificación sintetizarán: “La voz común lo declaraba un santo similar a san Luis Gonzaga, a san Gabriel de la Dolorosa, a san Juan Berchamans”.
Se prepara así al sacerdocio y a la vida misionera. Lástima por su salud tan precaria y preocupante. Juan está muy atento para no pedir dispensas ni particularidades. Pero su rostro aunque sereno y dulce, habla claramente y evita engaños. Los padres un día lo van a encontrar a San Ángel en Pontano. Viéndolo tan deteriorado manifiestan su preocupación. Pero él asegura: “Estoy bien, no me falta nada”.
Y en realidad está bien, pero solo interiormente. Pero es precisamente lo que él anhela más. En la visita militar de 1902 lo declaran revisable por debilidad de constitución y el año siguiente lo juzgan definitivamente incapacitado. La tuberculosis pulmonar que se declarará dentro de poco con toda su gravedad, lo está ya matando. Está enfermo, pero sigue puntualmente la vida comunitaria. El director, hombre culta pero poco sensible, parece no darse cuenta de nada. Antes bien juzga mal algunas actitudes del joven, una verdadera humillación para Juan que a la enfermedad física debe añadir un grande dolor interior. Seguido al subir las escaleras se siente obligado a detenerse para tomar aliento y reposar.
El 4 de julio de 1904 en Roma tiene una violenta hematosis. Acomodado rápidamente en el lecho a los co-hermanos consternados les murmura: “Voy a ver a la Virgen”. Es trasladado a San Marcelo (Ancona) donde el clima es más favorable a su salud. Se recupera casi de milagro. En octubre de 1904 ha recuperado las fuerzas suficientemente y puede continuar los estudios en la casa de la Virgen de la estrella.
Aquí el 4 de diciembre siguiente es ordenado sacerdote: solo tiene 22 años y 4 meses y ha sido necesaria una particular dispensa del papa. Indecible su alegría. Desde aquel día al sacrificio de la misa une el sacrificio de su vida suspendida de un hilo siempre más delgado. La misa se convierte en sostén y consuelo. De vez en cuando Juan parece reflorecer y reflorece también la esperanza de todos. Pero son resplandores fugaces y nada más. Él no se hace ilusiones.
En junio de 1905 después de nuevas y abundantes hematosis es trasladado una vez a san Marcelo. El mal se agudiza siempre más y él todo acepta con desarmante serenidad. A don Francisco Sciocchetti, el sacerdote que lo vio desde niño, escribe: “La esperanza no abandona nunca a los enfermos: mi deseo es aliviarme pero conforme a las disposiciones de Dios en mi, en tal incertidumbre después de haber orado me pongo en los brazos de la divina Providencia seguro de que ella dispondrá el mayor bien para mi”.
Dirá un testigo: “era edificante y conmovedor verlo jovial y alegre… y hasta bromear sobre las cavernas” sobre sus pulmones. En los primeros de octubre de 1905, último traslado: es acompañado a Moricone donde en un clima más amable habría trascurrido el invierno. Llega allí agotado. El día siguiente se ve obligado a interrumpir la celebración de la misa y a meterse en la cama. Vencido ya para siempre en el físico.
A la hermana religiosa ha escrito que su fin es seguro y que ha pensado siempre en ello; que ha pensado en toda la vida en un bien morir. “Estoy haciendo la voluntad de Dios… estoy bien, tanto se sufre por el paraíso”, confiesa a quien lo visita. Esta normalmente en oración dirigido hacia las imágenes del Crucifijo y de la Virgen que ha querido tener frente a su lecho. Un día lo encuentran llorando. ¿es posible? ¿qué habrá sucedido? “no lloro por mi, sino por el fastidio que les estoy dando” se apresura a explicar al enfermero. Después de inevitables accesos de tos, implora al superior: “Perdóneme, soy una carga… Padre mio, ¿cómo haré para pagarle tanta caridad?”. “Pida por mi en el paraíso”. “Si, pedirá”, concluye Juan. “Es necesario recibir los sacramentos”, le dicen. “Finalmente, responde el enfermo con los ojos inocentes y puros que brillan de alegría. Sintiendo próximo el fin pide que le lean la vida de san Pablo de la Cruz y precisamente el capítulo que trata del amor de Dios.
Así el morenito venido del mare, naufragó feliz en el amor de Dios, arriba a la vida eterna. Sereno y finalmente satisfecho. Es el 12 de diciembre de 1905. Ha trascurrido apenas un año de la ordenación sacerdotal. Sepultado en el cementerio local, sus restos son exhumados en 1932 y trasferidos a la Iglesia de las monjas pasionistas de Ripatransone (Ascoli Piceno). El 9 de junio de 1983 es declarado venerable. Desde el 27 de enero de 1985 reposa en la Iglesia de la abadía de san Benito en el Tronto. Aquí Juan, misionero como siempre había soñado, habla al corazón de sus devotos y espera la glorificación.
Segmento elaborado del Libro:
Pierluigi Di Eugenio;
SOTTO LA CROCE appassionatamente,
LA SANTITA’ NELLA FAMIGLIA PASSIONISTA;
Editoriale Eco – S. Gabriele (TE), 1997