DISCURSO DEL PAPA PAOLO VI
EL DIA DE LA BEATIFICACIÓN
DEL PASIONISTA BEATO DOMINGO DE LA MADRE DE DIOS
Domingo 27 de Octubre de 1963

La Iglesia militante, después de larga
espera y larga reflexión, ha contado hoy entre los elegidos de la Iglesia
triunfante este nuevo Beato, Padre Domingo de la Madre de Dios, religioso
Pasionista, que vivió en la primera mitad del siglo pasado.
Bendecimos a Dios, y le damos gracias en un primer momento por la gloria que le
viene por este religioso: soli Deo honor et gloria (1 Tim. 1, 17) siempre
repitiendo: "gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam". Nos Alegramos
luego con la Familia religiosa de los Clérigos descalzos de la Santa Cruz y la
Pasión de Nuestro Sr. Jesucristo, la Congregación religiosa fundada en el siglo
XVIII por S. Pablo de la Cruz, ya madre fecunda de santos y ahora enriquecida de
otro hijo elevado al honor de los altares; gozamos nosotros mismos con toda la
Iglesia, que pone en evidencia a un nuevo héroe de santidad y admira en él las
señales del Espíritu santificador deduciendo que su alma bendita goza ya de la
visión beatífica, y que su historia y su actividad son dignas de ser recordadas
para siempre, conocidas y estudiadas para enseñanza, edificación e imitación por
parte de
nosotros que aún somos peregrinos, como él en el pasado, sobre las sendas de la vida
temporal, directos a Dios gustando, de la misma meta: la vida eterna.
Una de las intenciones que mueven a la Iglesia a tributar a uno de sus miembros
aquella solemne exaltación, que llamamos ahora beatificación es, en efecto, la
de dar a conocer a un hijo suyo singular y victorioso, y de proponerlo al culto
de los fieles, sea como alma privilegiada, en la cual la acción de la gracia ha
sido más profunda y manifiesta, sea como ejemplo, en el que el esfuerzo de la
virtud ha sido más vigoroso e instructivo.
Es decir La Iglesia otorga a uno de sus hijos un honor público y oficial, que,
por un lado, se remonta para dar gloria a Dios, y por otro quiere sea resplandor
para ella
misma, para nuestra común edificación como luz encendida como ofrenda a la
divinidad, que alumbra la asamblea de los fieles convocada para la oración.
Y
tal luminoso reflejo, ésta vez, nos alumbra casi de sorpresa, porque, fuera de
los Cohermanos del nuevo Beato y de una pequeña lista de devotos y estudiosos, el
P. Domingo no era demasiado conocido entre nosotros. La cultura común, que tiene
a menudo, para los héroes de la santidad, una erudita información, casi lo
ignoraba y su figura de maestro y asceta ni siquiera fue conocida en los
cenáculos preciosos de la moderna hagiografía, y tampoco en los jardines
floridos del fervor religioso. No era una figura popular. En estos últimos años
se ha comenzado a hablar de él por parte del Cohermano P. Federico Menegazzo de
la Dolorosa, que nos ofrece hoy una lectura amplia e histórica del Beato, y de
parte de algunos beneméritos estudiosos, entre los cuales el muy recordado
Giuseppe De Luca, pero como iniciados investigadores y especialistas
descubridores de documentos ocultos y aspectos históricos inadvertidos de los
manuales corrientes. Y he aquí que esta beatificación viene a destacar un
personaje de gran mérito, y no por un título solo.
Nos enteramos así de que el Padre Domingo es digno de memoria como autor
escolástico de excelentes estudios de teología y filosofía: su estudio, por
ejemplo, sobre la infalibilidad pontificia, adelanta con segura visión de la
doctrina, la definición que muchos años después hará el Concilio Vaticano
primero. Nos enteramos de que P. Domingo fue fecundo escritor de libros de
ascética y mística, entre los cuales su autobiografía que quedó, la mayor parte,
en estado de manuscrito; documentos, por desgracia, no siempre satisfactorios
para nuestras exigencias literarias, pero siempre notables para ilustrar
dignamente la vida religiosa del siglo XVIII, y siempre apreciables para
enriquecer el pensamiento y la experiencia de la historia de la espiritualidad,
que son fruto de grandes y profundos estudios, de largas reflexiones e
interiores elaboraciones, si debemos creer, aunque sin tomarlo al pie de la
letra, como dictadas por la norma que él mismo propuso a los escritores de
libros doctrinales: "No escribáis nunca sobre el papel la primera línea
de una obra, si primero no habéis escrito la última línea en el cerebro. Diez años de
lección, veinte de meditación y una hora de composición, si queréis hacer obra
digna de admiración", (Ms. VII, 1, c. 222).
Este perfil de hombre de letras sagradas todavía hará más interesante para todos
nosotros aquel de hombre de acción y oración: sabemos que el P. Domingo fue gran
maestro de ascética, predicador incansable, apóstol y apologeta experto de las
corrientes de pensamiento de su tiempo, época cargada de ideas antiguas y nuevas
y de errores peligrosos; y fue muy entregado a la correspondencia con hombres de
pensamiento y acción en un radio mucho más vasto
de aquel claustral y local. Y he aquí que la acción entra en su vida: gobierno
de su familia religiosa, viajes, fundaciones.
La historia de P. Domingo, la cual no supera los cincuenta y siete años (tiempo
que semeja ser meta de muchas grandes vidas) se hace en tal modo tan intensa y
llena de acontecimientos, que van desde los más interiores, asociados a
fenómenos místicos, hasta aquellos más exteriores como extenuantes fatigas
apostólicas. No es aquí donde tenemos que contar tal historia.
Aquí nos basta notar un aspecto y recordar un hecho, que semejan caracterizar
sumariamente pero fielmente al nuevo Beato. Un aspecto digno de consideración es
el de su dedicación a la Pasión de Cristo y la devoción a la Virgen de
los Dolores. Este, nuestro piadosísimo hermano celestial, semeja repetirnos la
palabra de S. Paolo, cuál síntesis y definición de su vida: "Yo no juzgo saber
alguna cosa entre vosotros, sino a Jesucristo y este crucificado", (1 Cor.
2, 2). El P. Domingo no solo predicó el culto a la Cruz del Señor, sino que el
mismo la portó. Fue un paciente, fue un doliente. Esta nota dolorosa se acentúa
poco a poco mientras su peregrinar se encaminaba al final, y nos deja entrever
el lado dramático de su espiritualidad, que debería ser, en las diversas medidas
de la divina voluntad, la de cada cristiano. "Si alguien quiere venir detrás
de mí, dice el Señor, renuncie a si mismo, tome su cruz y me siga", (Mat.
16, 24). El P. Domingo ha hecho resonar el eco de esta voz divina, y ahora
también a
nosotros, si no somos sus vanos devotos, nos las repite de nuevo; y lo hará
hasta que de él se tenga memoria.
Finalmente, el hecho que hace recordar al Padre Domingo, es bien conocido, y fue
hasta hoy el título principal de su notoriedad. El hecho de la conversión de
Newman; fue el Padre Domingo, quien la tarde de octubre de 1845, en Littlemore,
recogió la profesión decisiva de fe católica de aquel singularísimo espíritu. La
extraordinaria importancia de aquel simple acontecimiento y la hasta ahora
siempre creciente grandeza del célebre inglés reflejan sobre el humilde
religioso una luz fulgurante. En seguida viene a nuestros labios la pregunta:
¿fue él quien convirtió a Newman? ¿cuál fue el influjo del P. Domingo sobre de
él?
Estas preguntas son todavía hoy de mucho interés y si las respuestas no pueden
atribuir a nuestro Beato el mérito directo de aquella formidable conversión,
madurada, como se sabe, después laboriosas y dramáticas meditaciones, deben, sin
embargo, reconocerle otros dos méritos notables: aquel de haber escuchado una
secreta e inexplicable vocación, claramente enunciada en su alma, desde los
primeros años de su vida religiosa de consagrar su ministerio apostólico a
Inglaterra, dónde todavía los Pasionistas no habían llegado; él mismo lo cuenta,
cuando todavía novicio en 1814: "al final de septiembre o en los primeros
días de octubre sobre el mediodía, mientras oraba delante del altar de la
Virgen, le fue revelada la fecha en que, sacerdote profeso, habría iniciado el
ministerio y el campo de apostolado entre los disidentes: el Noroeste de Europa;
especialmente Inglaterra" (cfr. Padre Federico, P. 48 y 474). Y en uno de
sus trabajos ascéticos, ahora publicados, él pondrá sobre los labios de Jesús su
singular vocación, cuando todavía no se había realizado: "Inglaterra, aquella
querida Inglaterra, sobre la cual tú, alma devota, muchas lágrimas vertiste, se
dispone ahora a regresar otra vez a mi redil; y verás en ella, dentro de poco
tiempo, reflorecer el fervor de la fe de los primeros fieles" (Arch it. por
la Historia de la Piedad, 11, p. 142). El Padre Domingo será el primer
Pasionista en entrar en Inglaterra, y él, todavía vivo, dará origen a cuatro
casas de su Congregación, que, en la opinión humana, no se habrían hecho
posibles si se
toma en cuenta la mentalidad inglesa de entonces.
En cambio los caminos del Señor son diferentes. Porque podemos adherir al nuevo
Beato el mérito de haber llevado la imagen más apta para atraer la consideración
y la admiración de Newman, que hará de la figura de aquel humilde Religioso un
personaje impresionante de un libro suyo (Loss and Gain) y que lo recordará en
la famosa "apología" con sencillas pero elocuentes palabras: "Es un hombre
simple y santo y al mismo tiempo dotado con notables talentos. No conoce mis
intenciones, pero yo quiero pedirle la admisión en el único Redil de Cristo. .
." (Cap. VII, hacia el fin). Y escribirá después: "El Padre Domingo fue
un admirable misionero. Un predicador lleno de celo. Él tuvo una gran parte en
mi conversión y en la de otros. Tan solo en su mirada había algo santo. Cuando
su figura me venía a la vista, me conmovía profundamente de la manera más
extraña. La alegría y la amabilidad de su trato unidas a su santidad ya era para
mí un santo discurso. Ninguna maravilla por lo tanto que yo me volviera su
convertido y su penitente. Él tuvo un gran amor por Inglaterra. . ."
(Deposición al Card. Parrocchi, cfr. P. Fed. p. 474).
Y esto basta ahora para nosotros. Mas es de creer y de desear que el
acercamiento de estas dos santas figuras, el Beato Padre Domingo y el Cardenal
John Henry Newman, ya no dejarán nuestro espíritu, que seguirá pensando en el
sentido misterioso de su encuentro con gran esperanza y con prolongada oración.