HOMILIA PARA LA CLAUSURA DEL CENTENARIO DE LA PROVINCIA

DE LA SAGRADA FAMILIA (FAM) -ESPAÑA-

 

Queridos hermanos de la Provincia de la Sagrada Familia, hermanas y hermanos de la Familia Pasionista, un saludo fraterno, de manera especial al P. Fernando Rabanal, provincial, y a su consejo, también a los otros Provinciales: Juan Mari, Laureano y Eulogio, a nuestro hermano Mons. Miguel Irizar, Obispo del Callao (Perú) al P. Luis Alberto Cano, consultor general y a todos vosotros aquí presentes

            Os traigo un saludo del consejo general y de los religiosos de la Congregación que viven y trabajan en 57  países. Todos se sienten muy unidos a vosotros en la acción de gracias en la clausura del Centenario de la erección de la Provincia de la Sagrada Familia; provincia nacida en América (México y Cuba), que más tarde se hizo en cierto sentido misionera para España.

            La historia, publicada el año pasado para la apertura del Centenario, nos dice que el 14 de septiembre de 1905 el beato Silvestrelli, superior general en aquel momento, ejecutó el decreto por el que fue creada la Provincia con cinco comunidades de América: Tacubaya y Toluca, en México, Viña del Mar y Ñuñoa, en Chile, y Santa Clara, en Cuba. El  decreto permitía  establecer el noviciado  en España, como después se hizo.  Por estas características de su nacimiento, únicas en la Congregación, la Provincia ha tenido una fuerte dimensión misionera.  Con frecuencia se  ha cumplido en ella  la advertencia de Jesús: "Id..., os mando como ovejas en medio de lobos" (Lc 10, 3). Durante su historia,  la Provincia ha sufrido persecuciones, primero en México, y más tarde en España, en donde murieron mártires 26 religiosos  ya beatificados. Expulsados de manera violenta del convento de Daimiel, Ciudad Real, en la noche del 21 al 22 de julio de 1936, salieron en diversos grupos; al  frente de  todos estuvo  el superior provincial, beato Nicéforo, que alentó a los jóvenes religiosos, diciéndoles:

            "Hijos míos, este es nuestro Getsemaní... Nos preocupa la perspectiva del Calvario, pero Jesús estará con nosotros.... Él es la fuerza para los débiles. ¡Moradores del Calvario, adelante, a morir por Cristo! Mi deber es alentaros a vosotros, y yo me siento estimulado con vuestro ejemplo".   Es el testamento de unos mártires rubricado con su sangre.

            Quisiera destacar dos coincidencias, que no son tales, sino signo de Dios y profecía de la historia: la provincia nacía el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, y con ello se indicaba que sus raíces estarían en el Calvario; echó a andar primero en América Latina, pero después llegó a España para ampliar su vocación misionera. El título  Sagrada Familia  resalta el fuerte impulso que se ha de dar a la vida comunitaria, a la fraternidad en las relaciones y a  la vida de oración y convivencia.

            Estas  tres dimensiones - VIDA COMUNITARIA, RELACIONES FRATERNAS y VIDA DE ORACIÓN- , forman parte de la vocación de la Congregación pasionista, pero  de un modo muy particular de esta Provincia. Los mártires de Daimiel pusieron a estos tres valores el sello de su  sangre: vivieron la expresión más sublime de la vida  pasionista  sufriendo el martirio en cuanto comunidad. Uniendo su sangre en un testimonio único han realizado las palabras que recitaban cada día, que también repetimos hoy en la celebración eucarística: "Que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, y llenos del Espíritu Santo,  formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu" (Pleg. Euc. III). Así lo cumplieron ellos, y por eso su martirio sigue siendo un mensaje continuo de amor a Dios y un aliento a proseguir la obra misionera. ¡Es un mensaje de vida!

            Hoy, 14 de septiembre del 2006, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, estamos celebrando la clausura del Centenario del nacimiento de la Provincia. Pudiera parecer como algo anacrónico, un contrasentido,  celebrar un nacimiento exaltando la Cruz, que parece más bien instrumento de muerte. Muchas veces hemos tomado postura en contra de las torturas y de la pena de muerte ("Que nadie toque a Caín", se dice en  Génesis, 4, 15), y sin embargo hoy  aplaudimos a un instrumento de muerte, la Cruz, en la cual murió  Jesús, el hijo de María, que era un inocente y que había pasado "haciendo el bien y curando enfermos" (Hech 10, 389. De Él se había dicho: "Todo lo ha hecho bien" (Mc 7, 37). Él mismo señaló sus buenas obras cuando dijo a los discípulos de Juan el Bautista:  "Decid a Juan: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados..." (Lc 7, 22). Una mujer del pueblo bendijo a su Madre:  "Dichoso el seno que te llevó y los pechos que mamaste" (Lc 11, 27-28). Pues bien, Jesús, el joven profeta de Nazaret, fue colgado de la cruz después de una sentencia inicua en la que se pisoteó el  derecho humano de defensa; el proceso no pasó de ser una farsa; Jesús fue humillado en su dignidad de hombre con bofetadas y salivazos, vestido como loco y demente (Él, que era la Sabiduría y la Palabra de Dios por medio de la cual fueron creados el cielo y la tierra); se vio torturado con una corona de espinas en la cabeza, azotado y presentado así: "ECCE HOMO". En tan amarga escena se cumplió  lo anunciado por Isaías: "No hay en él hermosura para que le miremos, ni apariencia para que en él nos complazcamos" (Is 53, 2). Y, sin embargo, nosotros estamos aquí exaltando el instrumento de su muerte, el patíbulo en el que eran ejecutados los ladrones, los esclavos y los malhechores, y donde también Jesús fue colgado, aunque Él,  "maltratado..., no abrió la boca como un cordero llevado al matadero" (Is 53, 7).

            Pero por la presencia de Jesús en la Cruz nacerá  vida de la muerte, y el suplicio se transforma en trono (El Buen Ladrón suplicó: "Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino", a lo que respondió Jesús: "Hoy estarás conmigo en el paraíso" Lc 23, 42-43). Así el instrumento de muerte llega a ser  instrumento de vida. Ésta es la razón por la cual la exaltamos: porque venerando la Cruz reconocemos la vida que brota de ella; en la cruz se inicia un mundo nuevo.

            La primera lectura, del Libro de los Números, 21, 6 8, dice: "El Señor envió contra el pueblo serpientes venenosas que mordían (a los israelitas) y muchos de ellos murieron. Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciéndole: "Hemos pecado hablando contra el Señor...; reza ...  para que el Señor aparte de  nosotros las serpientes..".. Y el Señor respondió a Moisés: "Haz una serpiente y colócala en un estandarte..., y los mordidos de serpiente quedarán sanos al mirarla".

            En  el evangelio de hoy Jesús se aplica a sí mismo este episodio: "Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna" (Jn 3, 14 - 15). Mirarán a la serpiente y quedarán curados; fijarán su mirada en Aquel que ha sido crucificado, y del instrumento de la muerte brotará la vida eterna. Nuestra Congregación nació de la Cruz, y nosotros queremos que la Pasión de Jesús y sus Llagas sean la fuerza de nuestra vida y de nuestro apostolado, como lo fue para San Pablo de la Cruz, nuestro Santo Padre y Fundador. La pasión por la vida nos empuja a seguir adelante construyendo el futuro y emprendiendo caminos nuevos que nos lleven al encuentro con los que hoy siguen sufriendo. Es vital para nosotros y para consolidar la vocación a la que hemos sido llamados, estar presentes en el campo de los sufrimientos de quienes han perdido el sentido de la vida y se preguntan cómo es que de la cruz sigue manando Sangre si ya se han oído  las campanas de la Pascua. Es necesario hacer comprender y vivir el sentido pascual del dolor humano y el rescate que Cristo pagó en la Cruz.

            En este misterio deben verse comprometidos también los laicos para que descubran con nosotros y anuncien como nosotros la espiritualidad de la Pasión en la contemplación y en la misión. Misión y contemplación no son dos vías diferentes, sino dos aspectos de un mismo carisma que nos darán fuerza para estar presentes en la lucha contra cualquier tipo de marginación y  en la defensa de lo creado. La Cruz debe convertirse para nosotros  en  locura y enamoramiento. Con la locura del amor podemos afrontarlo todo, incluso opciones radicales como la que hicieron los mártires de Daimiel, o el beato Eugenio Bossilkov y tantos otros mártires de nuestros tiempos. ¡Por amor uno está dispuesto  a morir!

            Sobre la Cruz se encuentra la plenitud de la vida, pues Jesús, "siendo de naturaleza divina, se vació a sí mismo ("kenosis") y asumió la condición de esclavo y humillándose hasta la muerte de cruz; por eso el Padre recompensó su vaciamiento con la gloria y la vida plena de la Resurrección" (Fil 2, 5 - 11).

            Por la vocación recibida, es tarea nuestra reconocer a Jesús en los que sufren. Problema de gran actualidad  que está comprometiendo a Europa, y más directamente a España, es el de la inmigración. La Iglesia, la Congregación y nuestras presencias o casas deben mostrarse muy sensibles a este hecho, comprometiéndose positivamente para integrar a las hermanas y hermanos que llegan de otras zonas del mundo. Nuestra tarea es facilitarles la inserción, de modo que no se sientan extranjeros ni enemigos. Pensemos que han abandonado su tierra, generalmente con gran sacrificio, y que se encuentran necesitados de humanidad y de comprensión. Pablo de la Cruz, nuestro Padre, nos invita a leer el nombre de Jesús en la frente de los pobres.

            Hay que recordar también que debemos estar presentes en el campo de los conflictos entre religiones. En estos días, el Santo Padre Benedicto XVI está insistiendo mucho sobre esto. La religión y  Dios  no pueden exigir agresividad: Dios es el Dios de la vida, y convertirlo en motivo de muerte es hacer de ella -de la religión- un uso nefasto que va contra el mismo Dios. Nuestra tarea es ayudar al discernimiento en una línea de opción por la vida, la comprensión y la acogida mutua. Recordemos que en la Cruz resonaron palabras de perdón: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34); perdón y  acogida sin límites ni condiciones, ofrecidos con inmenso amor. Esto es lo que nosotros hemos de proclamar para  situarnos en el lado de la vida según las actitudes de Jesús.

            Esta clausura del Centenario, además de servirnos para  mirar hacia el pasado y hacia el testimonio que ha llegado hasta el martirio, debería  ayudarnos a poner nuestra mirada en el futuro. No es un ciclo que concluye, sino un tiempo que se abre ante nosotros partiendo de la base de los 100 años de vida religiosa, y que  nos permite ser valientes y preparados para la renovación sin ceder al cansancio ni dejarnos invadir por el pesimismo ante el inmediato futuro.

            No debemos refugiarnos en la actitud de huida que tuvo el profeta Elías, cuando " deseó morirse, y dijo: ¡Basta ya, Señor! Llévate mi alma..." (I Re 19, 4); se  trata de la tentación del desaliento y del abandono, de bajar los brazos ante las dificultades, sea la edad avanzada, o las enfermedades, o  la misma vida. Es comprensible que ocurra en las comunidades o ante situaciones personales o de la Provincia, y ahora incluso de la Congregación y del proceso de Reestructuración. Como en el caso del profeta Elías, nuestro camino se mueve en el plano de la fe y de la profecía;  mantener la confianza es ya en sí mismo una tarea, un mensaje y  un impulso para las nuevas generaciones, si todo ello va unido a la oración y si ofrecemos al Señor las dificultades y  sufrimientos. El profeta Elías, estando en el Monte Horeb, no encontró al Señor en "el viento poderoso que quebraba las rocas", ni en el "terremoto", ni en el "fuego", sino en "el susurro de la brisa ligera y blanda" (I Re 19. 11-12). Dios no es signo de fuerza y de poderío, sino brisa que acaricia; no necesita la fuerza de la juventud, puede ser ya lejana en el tiempo, ni de nuestras capacidades; le basta con la sincera adhesión a su voluntad. Jesús, en el momento de su máxima vulnerabilidad y debilidad como fue el de su  muerte en  Cruz, es la máxima expresión de vida ajustando su voluntad a la de su Padre. El Señor respondió a Elías: "Ánimo, da marcha atrás y vuelve sobre tus pasos... " (I Re 19, 15); una invitación a no refugiarse en la huida, y a proseguir la misión.

            Antes de terminar, no quiero dejar pasar la oportunidad de evocar la vocación misionera que he comprobado en mi visita a las comunidades  de esta Provincia en Méjico, Venezuela, Cuba, Costa Rica, Guatemala, Honduras y El Salvador. Para mí fue una experiencia reconfortante el comprobar la vida de los religiosos, el trabajo en el que están empeñados y el aprecio en que son tenidos por el Pueblo de Dios. Están viviendo en medio del pueblo, insertos en sus problemas y en la situación de pobreza de un pueblo que ha sufrido mucho y continúa sufriendo. Os agradezco este testimonio y le pido a Dios que siga bendiciéndoos.

No quiero concluir sin evocar  a la Virgen María. Ella es, en cierto sentido, la figura visible de la maternidad de Dios. Situada bajo la Cruz en la que su Hijo se desangraba y moría, también. Mañana, precisamente recordaremos sus dolores en la fiesta de la Virgen de la Virgen de los Dolores. Bajo este título es la Patrona de la Congregación. Ella se ofreció al Padre. Jesús advirtió su presencia más con el corazón que con los ojos, y le dijo: "Mujer, he ahí tu hijo", y al discípulo Juan: "He ahí tu Madre". Y María, a la voz de su Hijo Jesús, volvió a engendrar a Juan y a nosotros. También nosotros, hoy, en esta eucaristía, renovamos el misterio de la muerte de Jesús y aquella maternidad, y nos sentimos hermanos e hijos. La Misa es el misterio pascual con la muerte mística de Jesús sobre el altar que se hace también nuestra muerte "en un solo cuerpo". Así, pues, adelante y con esperanza. Dios nos ama; la hostilidad del mundo no la afrontaremos desarmados y solos, sino con el poder de la Cruz y del Espíritu Santo, y con la seguridad de que el Crucificado es la mayor expresión de Dios y de la vida.

            Que Santa María, Madre de Dios, a la que veneramos en sus Dolores como Patrona de la Congregación, cuya festividad será mañana, guarde a nuestras comunidades y a nuestras familias como custodió la casa y el hogar de Nazaret, y os bendiga a todos durante  el II Centenario que comienza precisamente ahora..

 

P. Ottaviano D’Egidio,

Superior General

 Zaragoza. 14 de septiembre de 2006

Iglesia de Santa Gema Galgani