CENTRO FORUM
Cuernavaca,
Morelos. Enero 2004.
¿Qué fue?
¿Por qué siempre queremos ponerle nombre y apellido a todo? Esta experiencia resulta difícil de expresar
en palabras (eso ya es buena señal), sobre todo, porque se corre el riesgo de
empobrecerla.
Asistimos
a la casa de retiros de los pasionistas, varias personas, de muy distintas
procedencias: sacerdotes (con tremenda preparación cada uno de ellos),
religiosas, hombres y mujeres casados, solteros, una viuda ya mayor y hasta un
joven de 20 años. Cada uno con su
historia, su ocupación y su mayor o menor experiencia espiritual.
Los
laicos, no teníamos una idea muy clara de a qué íbamos. ¿Qué nos impulsó a
llegar ahí? El común denominador era cierto presentimiento, que después pudimos
distinguir claramente como una enorme presencia del Espíritu. También la convicción de solidaridad con
Octavio. El sentir que de alguna manera
podíamos hacer comunidad. Una atracción
irresistible hacia un Dios en movimiento, que cree en nosotros y nos necesita
aquí en la Tierra. El deseo de hacerlo
más real por medio de una comunidad convencida de lo mismo.
También
teníamos idea de que los religiosos pasionistas tenían una visión diferente de
hacer Iglesia, que pensaban que éramos importantes, que podíamos ser útiles. En fin, que habían vuelto la vista hacia
nosotros.
Ahí
estábamos pues, los laicos: nerviosos, inseguros, pero presentes.
Tratamos
cuatro temas básicos:
• Mirada
contemplativa. En el centro, Jesús
Mesías crucificado (transparencia histórica de Dios, de lo que quiere hacer:
crear). Considerar a cada ser humano
como sagrado, pues proviene de Dios.
Paso básico para poder venerar a los que están a nuestro alrededor, para
concebirlos como seres humanos, no como individuos, ser capaces de establecer
relaciones fundamentales y a partir de ahí poder hacer comunidad, pueblo.
• Encuentro
con el Dios vivo, con el Dios de nuestros padres, revelación de la vida en
acto, amor infinito, gratuito, conciencia de mis actos, Quien se da a conocer
por medio de evidencias, el que habla y nos mantiene vivos, el que nos
constituye en interlocutores, el que nos hace captar la eternidad como máxima
certeza (somos la memoria que Dios tienen de nosotros), el que opta por la
vida, el que ve y oye, el compasivo (se hace cargo del sufrimiento del otro),
el fiel, el que significa esperanza, con el que tenemos una cita en la
historia, el que está dispuesto a hacer alianzas con nosotros, con su pueblo.
• Contemplación
del Jesús crucificado: ¡Qué envidia me das!
Nos deja ver el tipo de relación que llevaba con su Padre, para no
querer ninguna otra opción, para atreverse a llegar adonde nadie se atreve.
Seguimiento de Jesús. Comunidad de
discípulos de Jesús. Jesús lleva a los discípulos hasta el origen, para poder
reconstruir. El Padre está en acto en
los actos de Jesús, en medio del pueblo
Los convoca a ver lo que el Padre es capaz de hacer. Relectura postpascual
de los evangelios en la que hay dos sujetos estrechamente unidos: el Espíritu
Santo y la comunidad de seguidores de Jesús.. Puesta en práctica de un mundo por
hacer. La resurrección de un modo de
existencia inconfundible, de las opciones históricas de Jesús. Hacer acto la resurrección amando a los
débiles, poniendo orden donde hay caos.
Opción de otra forma de vida, esperanza, responsabilidad de renovar
todos los días nuestra vida. Poder
entrar a la gloria, a la vida eterna.
• Mantener
vigente y creativa la memoria de Jesús crucificado. Dejarnos transfigurar. Realizar las obras del Padre, movidos por el
Espíritu, al estilo de Jesús. Un sólo
mandamiento. Amar hasta el extremo: vida
plena. Nuestras acciones deben provenir
del origen. Discernir la voluntad de
Dios. Aceptar el conflicto de no
amoldarse al mundo, ya que es generador de algo nuevo, diferente. Recreación que responde al gemido de la
creación, al ansia de la humanidad.
“Tratamos” es una palabra muy pobre, porque lo que empezó a
suceder fue mucho más que eso: lo sentimos, lo hablamos, lo razonamos, lo
profundizamos, lo vivimos. Y fue
emergiendo lo mejor de cada uno. Pero lo
mejor de lo mejor fue que surgió la comunidad, el pueblo. Al haber pueblo, ahí estaba Dios y el
encuentro con El se dio: transparente, claro, intenso, directo. Y entonces… entendimos a Jesús, pudimos
vislumbrar, sospechar el tipo de relación que podemos tener con su, con nuestro
Padre y el modo de llegar a El.
Fue un proceso,
un hacer historia juntos. Fuimos capaces
de hermanarnos y todos éramos iguales.
Establecimos relaciones que nada ni nadie podrá
destruir. Comprendimos, desde dentro un
nuevo modo de ser cristianos, un nuevo modo de ser Iglesia.
Entonces,
llamémosle como quieran, pero eso fue transparencia de Dios, historia,
revelación de Jesús crucificado y resucitado.
El impulso que
nos quedó fue enorme, para mantener vigente la memoria de Dios, para hacer con
El, en comunidad.
Nos queda la
tarea del cómo, pero avanzamos un buen trecho en el camino, para hacer Reino
aquí, en nuestro territorio, no esperar al cielo.
Damos gracias a
Dios y a la comunidad pasionista por la oportunidad y esperanza que nos dieron
de ser Iglesia, de ser mejores cristianos y de la convicción de que la historia
puede seguirse haciendo, el mundo puede ser reinventado y que no estamos solos.
Mónica
HL de Alvarez.
Marzo 2004.