EL LIBRO DE JOB

Nada sabemos del autor o autores del libro de Job, tampoco hay certeza total acerca de la época en la que fue escrito y ni siquiera el texto del libro está exento de sospechas muy serias. Pero tenemos, en cambio, un libro intenso y dramático, apasionado en la exposición de motivos y singularmente provocativo. El libro describe el itinerario de fe de un hombre (Job) tirado en el estercolero, víctima inocente de las apuestas entre Dios y Satán y de la lógica implacable de tres amigos teólogos que intentan convencerlo acerca de su culpabilidad y reducirlo al silencio.

Job no es un judío piadoso, es más bien un extranjero de Hus que reivindica con ímpetu su inocencia y apela resuelto por un juicio o pleito contra Dios. Es un personaje literario capaz de resumir en si el drama de la humanidad doliente, de tantas víctimas inocentes de la historia, personas y pueblos que comparten su dolor y sus búsquedas.

La hermosura poética hace de este libro una obra clásica de la literatura universal. La riqueza y profundidad de Job nos debe conducir a admitir que no existe una única interpretación del libro. Se trata, más bien, de entrar en su trama haciéndonos vulnerables a la honda elegancia literaria y a la riqueza teológica que plantea.

La obra contiene una larga sección poética enmarcada entre un prólogo y un epílogo en prosa (que quizá formaban la unidad original). La sección poética corresponde a tres ciclos de discursos en los que se alternan las voces de Job y de sus tres amigos: Elifaz, Bildad y Sofar. La primera ronda de discursos se abre con un desgarrador monólogo de Job, la segunda mantiene la regularidad y la última está interrumpida por un discurso sobre la sabiduría inalcanzable. Luego de la tercera ronda de discursos hace su aparición el joven Elihú. Al final Dios rompe su silencio y responde a Job desde la tempestad.

El libro se puede dividir entonces de la siguiente forma:

Prólogo: capítulos 1 y 2, presentan dos pares de escenas contrapuestas (en el cielo y en la tierra) brindan el cuadro general para entender los discursos que siguen.

Discursos: 3 al 31, tres rondas de diálogo (4-14; 15-21; 22-27.29-31) que se inician con el monólogo de Job (3) y se interrumpen con el discurso sobre la sabiduría (28).

Intervención de Elihú: cuatro discursos (capítulos 32-37) de un sabio joven que aparece sin haber sido anunciado y desaparece sin dejar huella.

Diálogo del Señor y Job: 38,1-42,6

Epílogo: 42,7-17, Dios censura a los tres sabios y restituye a Job sus bienes.

Para ayudarnos en el trabajo, presentamos a continuación tres aspectos o líneas teológicas que pueden ayudarnos a entrar en el libro y a enriquecer nuestra espiritualidad pasionista. A continuación se propone un breve taller, cada uno sobre un texto de Job. Los pasos metodológicos del taller son en últimas los mismos de la "lectio divina", pero enriquecida con una mirada a la realidad y una reflexión sobre la situación social que está detrás del texto. Idéntica metodología se sigue luego con el libro de la Sabiduría. Es aconsejable realizar el taller en grupo o comunidad.

LA BÚSQUEDA DE JOB

La historia comienza como en los cuentos infantiles: Había una vez en el país de Hus un hombre llamado Job... Era un modelo de justicia y piedad, y era también el más rico de los hombres de oriente. Hasta el día en que Satán quiso probar su fidelidad a Dios (1,6-12; 2,1-6). En ese momento se plantea el nudo teológico del libro: se trata de la retribución y la gratuidad de la fe en Dios. El camino que escogió el autor para desplegar sus planteamientos fue hacer pasar nuestro personaje por toda clase de sufrimientos. Por dos veces Satán lo golpea, convencido que su fe es interesada; Dios permite que esto suceda, pues confía en la integridad de Job. Estas escenas se alternaban entre el cielo y la tierra. Con el sufrimiento de Job todo se traslada a la tierra.

Desde el basurero donde padecía un sufrimiento atroz y desconcertante, Job levanta la voz para gritar la rebeldía que brota de su dolor incomprensible. La pérdida de sus hijos e hijas, de todos sus bienes y hasta de la misma salud, leída desde la doctrina tradicional de la retribución divina, le parecen una verdadera agresión de Dios. No teme entablar una feroz batalla contra la firmeza doctrinal de sus amigos, incapaces de comprender la profundidad de su dolor. Bien pronto percibe que no está solo en el sufrimiento: con él padece la humanidad doliente. Es el primer crecimiento que experimenta el hombre del estercolero: en adelante será portavoz de los desheredados que claman libertad e igualdad social (3,17b-19). Al borde de la desesperación, involucra a Dios, responsable ante sus ojos de esta situación intolerable (3,20-23; 19,6-12). Pero siempre lo veremos aferrado al Señor, es a él a quien pide fuerzas para resistir (6,11). En lugar de perderse en los laberintos del sin sentido, se lanza a una búsqueda audaz que le permitirá afinar el lenguaje para hablar de Dios y a Dios desde su atroz padecimiento.

Con increíble temeridad, Job proclama su inocencia delante de los amigos que, apegados a la doctrina tradicional, creen defender a Dios condenando para ello al inocente. Fiado en el convencimiento de su integridad, arremete sin compasión contra la ecuación clásica que postula la doctrina según la cual existe una relación directa entre las obras del hombre y la retribución inmediata y proporcionada de parte de Dios. Ese combate le llevará a descubrir que a Dios no se le puede encasillar en categorías humanas, se trata de buscarlo desde una libertad purificada de cualquier trampa. Cansado de reclamar por un culpable de su dolor (19,6-22), Job se va liberando del fatalismo que cerraba sus ojos y se va abriendo a la esperanza de un encuentro cara a cara con Dios: si, yo mismo le veré, mis ojos le mirarán como ningún otro (19,27).

La esperanza de Job va creciendo a medida que avanza el diálogo con sus amigos. Las razones que ellos esgrimen para convencerlo de su culpabilidad hacen aún más intolerable el sufrimiento. Poco a poco irá siendo más claro que el combate que Job libra es contra el Dios que lo condena a un sufrimiento inexplicable, pero en ese combate él mismo recurre al mismo Dios para que lo ayude. Dicho de otro modo, su combate es contra la imagen del Dios inclemente que le proponen sus amigos. Desde el inicio Job está en búsqueda, por eso rechaza la invitación de su mujer: maldice a Dios y muérete (2,9); en su caso la integridad es mayor que la adversidad: has hablado como una necia (2,10). Y, más adelante al refutar con energía las tesis de los teólogos (9,22-24), su discurso plantea un primer jalón en el camino hacia el nuevo encuentro con Dios: la necesidad de un árbitro capaz de dirimir el pleito judicial que piensa entablar contra ese Dios que lo condena con sufrimientos y tradiciones (9,33).

En el segundo ciclo de discursos Job da otros dos pasos significativos en el intento de desahogar ante el Señor la amargura de mi alma (10,1). Cansado ya de soportar el furor de Dios, la esperanza de Job vislumbra la existencia en el cielo de un testigo para su alegato (16,19), un defensor que le garantice lo que tanto anhela: hablar ante Dios sin temor. No quiere que su caso quede olvidado, que no se detenga mi demanda de justicia (16,18). En el discurso siguiente (capítulo 19) los amigos y Dios serán por parejo el objeto de su acusación: ¿Por qué me perseguís como Dios y no os hartáis de escarnecerme? (19,22). Es el momento en que su fe le abre otra solución mejor: yo sé que mi "go’el" está vivo y que al final se levantará sobre el polvo (19,25). Es muy posible que ese "go’el" (rescatador, vengador) sea el propio Dios, a quien espera ver cara a cara (vv.26-27). Lo más probable es que Job espere ver la intervención de Dios todavía en vida (entre otras cosas, en 42,5 dirá mis ojos te han visto) y que no se hable para nada de lo que vendrá después de la muerte. Pero, en todo caso, este ha sido el paso definitivo en la esperanza de Job y ese paso ya ha sido dado: acaba de recordar que su "go’el" amado es eterno y que él se ocupará de su causa. Más tarde tan sólo resonará el deseo de encontrarlo pronto (23,3).

En su recorrido valeroso Job va alcanzando una nueva integridad; la prueba a la que es sometido, agravada por las acusaciones de sus amigos, le permite ir desenmascarando sus ilusiones. Al inicio se lamentaba no haber muerto al salir del seno materno (3,11), después gritó a Dios su abandono (7,17-18) y se fue entusiasmando con la posibilidad de entablar un pleito contra él (9,32). En el fondo, él también estaba preso de la misma ecuación que igualaba el sufrimiento con el castigo. Le costó superar su propia concepción que veía al hombre como norma última del cosmos y de la historia. Sin embargo, nunca pidió curar de sus males ni que le fueran restituidos sus bienes. A lo que nunca renunció fue a la posibilidad de que su sufrimiento se convierta en palabra delante de Dios. Por ese camino fue creciendo en libertad y fue reconociendo que también Dios es libre frente al hombre: no es posible encasillarlo ni predecir su acción.

El silencio de Dios jugó a favor de Job. Fue el compás de espera que necesitaba para ir desechando por inservibles las razones de sus acusadores y sus propias razones. Cuando Dios se decida a responderle, concentrará sus palabras en la gratuidad de su acción y en la imposibilidad de prever en detalle las razones de su actuar.

Job responde al Señor con un discurso sin imágenes ni metáforas (42,1-6) que señala el estadio final de su itinerario. Es un gozoso reconocimiento de que Dios tiene planes e intenciones que se ocultan al hombre y que éste no alcanza a comprender o que quizá ante su mente aparecerán solo como enigmas (Eclo 3,21-24). Se impone el abandono de su pretensión de adueñarse de la sabiduría de Dios y la aceptación serena de su condición de criatura.

Ha tenido que recorrer un doloroso camino. Reflexionando sobre su sufrimiento, logró superar el binomio culpabilidad de Dios/ culpabilidad del hombre en el cual él mismo estaba encerrado. Perdió un poco de sí mismo para ganarse por entero (Mc 8,35). Como Jeremías puede ahora decir: me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir (Jr 20,7). A precio de sufrimiento y lucha libró una ardua batalla hasta encontrarse con Dios. Y de ese encuentro Job salió transformado. Ha visto a Dios. Y eso le basta. Tan sólo de oídas te conocía, ahora te han visto mis ojos (42,5).

El camino que el lector descubre leyendo el libro de Job no termina en Job. Al menos no para un cristiano. La superación total de la medida estrecha de la retribución se encuentra en Jesús, él rompe definitivamente la balanza con la cual se intentaba tasar la gracia de Dios como recompensa inmediata y proporcional a las acciones de los hombres. El pasaje clásico en ese sentido es el de la curación del ciego de nacimiento: Maestro, ¿quién pecó, él o sus padres para que naciera ciego? ... ni pecó él ni sus padres, sino que es para que se manifieste en él la obra del Padre (Jn 9,2-3). También se suelen aducir los episodios de la mujer adúltera (Jn 8,1-11), de la mujer pecadora (Lc 7,36-50) y del ladrón arrepentido (Lc 23,39-43). Es precisamente en la cruz donde Jesús muestra que abandona el terreno del "do ut des" y se sitúa definitivamente en el nivel de la gracia y el perdón: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen (Lc 23,34). Como en el caso de Job, lo que está en juego no es meramente su bienestar personal sino, ante todo, la fe en Aquel que decide perdonar aún en medio de los sufrimientos injustos a los que es sometido su Hijo.

GUIA DE TRABAJO: LA REBELIÓN DE JOB CONTRA DIOS

(Texto a estudiar: Job 9,1-10,22)

I. Partir de la realidad

No pocas veces el sufrimiento humano conduce al justo a levantar su clamor contra Dios tratando de encontrar en El algún sentido a su situación. En ese sentido, Job es un ejemplo paradigmático. Con voz viril y desde lo hondo de su sufrimiento reclama a Dios por su miseria y su dolor.

a. ¿Conocemos personas que en situaciones similares de abandono y dolor se hayan rebelado contra Dios? ¿Cómo hemos valorado este hecho?

b. ¿Alguna vez nos ha sucedido algo similar en nuestras situaciones de sufrimiento?

II. Estudiar y meditar el texto

1. Lectura del texto

Leer el texto de Job 9,1-10,22.

Narrarlo con nuestras propias palabras.

2. Estudio del texto

2.1. Ver el texto de cerca:

Es la segunda vez que Job replica a sus amigos, en este discurso contempla la posibilidad de entablar un pleito contra Dios. De hecho, es uno de los discursos en los que sobresale con mayor evidencia el lenguaje jurídico.

a) ¿Cómo dividirías este discurso?

b) ¿Cuáles son los elementos centrales en cada parte del discurso?

c) ¿Descubrimos algún crecimiento en el texto?

2.2. Ver la situación social que está detrás del texto:

Job habla de entablar un pleito contra Dios, de la aspiración de un árbitro imparcial entre los dos para que le permita exponer sin miedo la verdad que brota de su dolor, de ser examinado sin el temor de ser aniquilado. Detrás de ese discurso está la experiencia judicial del pueblo de Israel. Un texto de distinta época, que trata los problemas de la administración de justicia y que puede ayudarnos a comprender el grito de Job es Is 10,1-4

Comparemos el texto de Isaías con el de Job y describamos la situación del pueblo de Israel en términos de la administración de justicia.

2.3. Escuchar el mensaje del texto:

Seguramente esta interpelación que Job dirige a Dios contiene más de una frase que nos sacude y nos interroga en nuestra manera de relacionarnos con Dios, quizá nos suene hasta medio herética. Releamos el texto y tratemos de precisar:

a) ¿Cuáles son los aspectos centrales en este discurso de Job? ¿Cómo aparece en él la esperanza?

b) ¿Qué esperamos de Dios cuando nos encontramos en una situación semejante?

c) El lenguaje de la rebeldía ¿puede expresar nuestra oración y nuestra fe? ¿en qué sentido?

III. Celebración de la Palabra

1. Compartir en un momento de oración las luces recibidas.

2. Rezar juntos el Salmo 6. Es una oración de un creyente en medio de la prueba y la tribulación, que espera del amor de Dios solución para sus males.

3. Asumir un compromiso con alguna persona que encarne hoy ante nuestros ojos el drama de Job.

4. Hacer una síntesis de lo que trabajamos para irlo rumiando durante el día o durante la semana.

EL DIOS DE LA ZANAHORIA Y EL GARROTE: LOS AMIGOS DE JOB

Bien pronto aparecen tres amigos en el horizonte de los sufrimientos de Job, se trata de tres sabios extranjeros (y por sabios, poseedores de grandes bienes; implícito que tampoco hay que olvidar). Informados de los sufrimientos de Job vienen a consolarlo. Conmovidos por su estado se echan a llorar y se sientan con él en silencio. El gran mérito de estos amigos fue no haberlo abandonado mientras sufría, su mayor virtud: haberlo contemplado en silencio durante algunos días.

Nadie está limpio ante Dios

Ante la violenta reacción de Job frente al mal y al sufrimiento, le disparan una andanada de discursos en los que relucen sus mejores armas. Amparados en la teología clásica de la retribución, intentarán en vano convencerlo de su culpabilidad. Tres hilos se entrelazan en los discursos de estos sabios: la desgracia de los impíos, la recompensa histórica del justo y la culpabilidad del hombre ante Dios.

Que los malvados sean castigados y los justos bendecidos, que bendición-maldición se verifiquen antes de la muerte y que se den en proporción directa al comportamiento humano, es cosa demasiado clara para ellos. No, no brota la iniquidad del polvo, ni germina del suelo la aflicción (5,6), es la formulación del principio de causalidad, del que deducen dos equivalencias inmodificables: virtud igual a felicidad, desgracia igual a castigo. El justo recibe la recompensa merecida por su justicia y el malvado, el castigo conseguido por sus faltas. Los sufrimientos de un hombre necesariamente se deben a su maldad. Si ha valido siempre, vale también para Job: ¿recuerdas un inocente que haya perecido? (4,7). La solución es simple: reconocer la culpa; yo que tú, buscaría a Dios, a él expondría mi causa (5,8). La dificultad con Job radica en que éste no encuentra en su pasado una falta merecedora de tal castigo. Sin necesidad de renegar de Dios, descubre que su experiencia contradice los principios de la teología tradicional: tendría siquiera este consuelo, exultaría de gozo en mis tormentos por no haber renegado de las palabras del Santo (6,10).

Pero estos amigos no están dispuestos a escucharlo. La proclamación que Job hace de su inocencia les exaspera y el tono en sus discursos se va tornando cada vez mas agresivo e insidioso. Creen que discutir sus convicciones atenta contra el derecho de Dios. Por ello recurren por tres veces a un argumento un tanto retorcido: la impureza del hombre frente a Dios (4,17-21; 15,14-16; 25,4-6). Es claro que el hombre es naturalmente limitado ante Dios. Si es en este sentido como se debe entender la impureza, las afirmaciones no tienen discusión. Pero en su lenguaje "impureza" suena a "culpabilidad", de forma que emplean el noble argumento para echar zancadilla, en nombre de Dios, al pobre que sufre y hacer más penoso su dolor.

El peso de la tradición

Los discursos de los amigos son claros y doctrinalmente sólidos, pero faltos de fantasía y, sobre todo, absolutamente sordos ante el drama del sufrimiento humano. Eso los lleva a repetir los argumentos de manera casi monótona; mecanismo que evidencia una teología marchita, incapaz de iluminar las búsquedas de la humanidad. Esa incapacidad los conduce al límite de la injusticia: enrostrar a Job una lista de faltas imaginarias, sin nombre ni contenido (22,5-11). Quieren defender a Dios, pero lo hacen con mentiras e injusticias (13,7). En últimas, no tienen recurso distinto que el llamado a la tradición, el argumento de autoridad (8,8-10). Y se aferran a él con tal fiereza que logran convertirse en abogados heroicos de un Dios marcial, de una detestable deidad sorda al clamor del inocente.

Claro que Job también es prisionero del argumento que ellos manejan, aunque no de sus razones, pues en la pretendida defensa de su integridad desea declarar culpable a Dios. Después de todo, él también se mueve en la ecuación "sufrimiento igual a culpa". En ese sentido, la solidez teológica de los discursos de los amigos contribuye a poner de manifiesto la imagen desfigurada que Job tiene de Dios.

Lo que no se puede pasar por alto es el distinto proceso humano que se verifica a lo largo del libro. Mientras Job va descubriendo una nueva manera de estar ante Dios, los amigos aparecen estancados en sus viejas razones; para ellos no existe el crecimiento humano, ni el progreso en el saber. Son admirables en su empeño por hacer perecer la víctima para que se salve el orden pretendidamente "natural". Parecieran anticipar la opinión del Sumo Sacerdote: es necesario que uno muera para que no perezca la nación (Jn 11,50). Esos imaginarios defensores de Dios recibirán al final una severa desaprobación del Señor: mi ira se ha encendido contra ti y contra tus dos amigos, porque no habéis hablado rectamente de mí, como mi siervo Job (42,7).

GUIA DE TRABAJO: CUANDO LA TRADICIÓN AHOGA EL GRITO DE DOLOR

(Texto a estudiar: Job 15,1-35)

I. Partir de la realidad

Una buena ayuda para iniciar este taller puede ser recordar alguna ocasión en la que hayamos tenido que ayudar a personas en situaciones extremas de sufrimiento.

a. ¿Qué actitud real asumimos en esa situación?

b. ¿En qué palabras o gestos se percibía esa nuestra actitud?

c. ¿Qué experimentamos dentro de nosotros mismos?

 

II. Estudiar y meditar el texto

1. Lectura del texto

Leer el texto de Job 15,1-35 (Discurso de Elifaz)

Tratar de reconstruirlo con nuestras palabras.

2. Estudio del texto

2.1. Ver el texto de cerca:

Elifaz de Temán es uno de los tres amigos que vienen a consolar a Job, el primero siempre en hablar (4,1; 15,1; 22,1). Entre los tres es el más rico en ideas profundas y el que mejor sabe exponer sus argumentos (especialmente el primer discurso: 4,1-5,27). Pero en sus discursos se deja ver con claridad cómo va aumentando la tirantez y la rabia. Será él quien en su última intervención acuse a Job de pecados que no ha cometido (22,5-11).

¿Qué características literarias encontramos en este discurso?

¿Cuáles son las ideas principales que expone el orador?

2.2. Ver la situación social que está detrás del texto:

Leamos la lista de pecados de los que el mismo orador acusará a Job en 22,6-9.

¿Qué datos aporta acerca de la situación social de buena parte de la población de Israel en la época en la que fue escrito el libro?

¿Cómo están situados Job y Elifaz en esa situación socio-económica?

2.3. Escuchar el mensaje del texto:

Releamos el discurso y tratemos de precisar:

¿Qué respuestas ofrece al sufrimiento de Job?

¿Qué reto y qué mensaje plantea para nosotros hoy?

III. Celebración de la Palabra

1. Compartir en un momento de oración las luces recibidas.

2. Rezar juntos el Salmo 13, una oración confiada a Dios. Tratemos de orar con el salmo asumiendo el rol del salmista, desde el dolor del que sufre.

3. Formulemos un compromiso concreto que nos permita ser cada vez más sensibles ante el dolor de quienes más sufren en nuestra sociedad.

4. Resumir el trabajo de hoy en una frase o en un versículo para que nos acompañe todo el día.

LA RESPUESTA DE DIOS

Job concluye sus discursos con una petición desesperada: ¡Que me responda el Poderoso! (31,35). Es un grito lacerante que recorre el libro desde el inicio revestido con distintas expresiones que manifiestan la aspiración de ser escuchado por Dios, de exponer ante Él su causa (9,14-16), discutir directamente con el Poderoso (13,3). Sin embargo, la discusión avanzaba y Dios parecía estar sordo a las palabras del rebelde. Se corría el riesgo de que la única "verdad religiosa" fuera la expuesta por los tres amigos. Finalmente, Dios sale al encuentro de Job desde la tormenta (38,1; 40,6).

Entonces habló el Señor desde la tormenta...

Los dos discursos del Señor (38-39; 40,6-41,26) siguen suscitando cierta perplejidad entre los lectores. A algunos les parece, no sin razón, que el Señor no responde las cuestiones planteadas por Job; en realidad, ni siquiera alude a su triste situación. Hay quienes tratan de tirar de aquí y de allá respuestas más o menos relevantes. Y están, en fin, aquellos a quienes poco les interesa las palabras del Señor y centran su atención, en cambio, en el hecho mismo de la manifestación de Dios. Es posible que necesitemos ensanchar nuestra lógica occidental que exige una respuesta directa y explícita a cada pregunta, para poder así adentrarnos en los discursos del Señor.

No es poco que Dios se dirija directamente a Job como lo había hecho en otros tiempos con Abraham (Gn 17), Moisés (Ex 19,16) o los profetas (Ez 1,4). En realidad se trata de una manifestación extraordinaria de Yahvé, acompañada del mismo fenómeno cósmico que raptó a Elías a la presencia de Dios (2Re 2,1.11).

Luego del airado vendaval de preguntas y desafíos que Job había dirigido al Señor a lo largo del libro, Dios responde ahora sin quejas ni reprensiones. A lo sumo con un ligero sarcasmo. Más que responder, contra ataca con una serie de preguntas que van llevando a Job al asombro y la contemplación. Sí, el Señor no es un Dios hostil, ni un Dios cruel, ni está sordo a sus gemidos. Si insinúa la eficacia de su palabra creadora o las maravillas que su poder suscita, no es para deleitarse en su omnipotencia, sino para subrayar el amoroso cuidado que tiene por cada una de sus criaturas: pone pañales al mar, cuida inclusive de los animales nocivos, hace llover también en tierras despobladas.... Si Job no es capaz de responder a una sola de sus preguntas (ni el que está detrás del libro ni tampoco ninguno de los Job de la historia) ¿cómo podrá entonces reclamar justicia al Señor? Job comenzaba a recorrer el camino de la justicia-ante-Dios a la justicia-según-Dios.

En el segundo discurso recurre el Señor a dos animales legendarios (el hipopótamo: 40,15-24, y el cocodrilo: 40,25-41,26) para mostrar Su inmenso poder y libertad: el mismo Dios que creó a Job creó esos monstruos (40,15), los dotó de su poder y crueldad (40,19; 41,26) y los mantiene dentro de la armonía de su creación. No necesita aniquilarlos para que se le sometan, están en el mundo sin alterar por eso el orden de la creación. Si representan a los malvados, como señalan algunos, el discurso resulta ser una majestuosa declaración del respeto de Dios por la libertad humana y complementaría perfectamente el primer discurso. Dios no se deja encerrar en ningún sistema de premio y castigo, a la base de sus designios (38,2) no está el afán retributivo sino el amoroso cuidado por sus criaturas y el respeto por la libertad del hombre (una entre ellas y por cierto no la obra maestra: 40,19).

Job ha comprendido muy bien lo que a nosotros se nos escapa. Ha visto a Dios y ahora se abandona en el amor. El esperado y temido "match" con su enemigo se ha convertido en un gozoso encuentro de dos libertades que se buscan y se respetan. Y en ese encuentro ha descubierto que en su airado reclamo se escondía el orgullo de creerse la norma del mundo y de la historia. La creación y la historia dejan de ser designios crueles de su perseguidor y recuperan su dignidad de signos que expresan y remiten a Aquel que las sostiene. Ha visto a Dios. Ahora puede callar y sumergirse en él.

"No habéis hablado de mi como lo ha hecho mi siervo Job"

La intervención del Señor rompe el aparente equilibrio académico de las discusiones de Job con sus amigos. Estos pasaron todo el tiempo hablando de Dios, pero nunca hablaron a Dios, como lo hizo Job. El Señor no desdeña el lenguaje que nace del dolor. Todo lo contrario: acepta y valida la rebeldía de Job contra el sufrimiento inocente, contra la ideología que lo justifica y contra la imagen de Dios que transmite esa ideología religiosa. Al mismo tiempo desautoriza las posturas teológicas y las actitudes éticas de los visitantes: ese lenguaje inflama su ira (42,7). Paradójicamente Job habrá de interceder por los visitantes que lo invitaban a orar y a reconciliarse con el Señor (22,21).

El desconcierto y la protesta, la ira vehemente ante el sufrimiento humano, el reclamo viril de los derechos de la víctima y todo el torbellino de reclamos que se originan en el dolor, son también formas del lenguaje del amor. Las únicas posibles cuando lo que está en juego es la credibilidad en el Go’el de la humanidad adolorida. El grito atormentado de Job genera el espacio propicio para la derrota de Satán. El fracaso del Acusador no acontece en el cielo (1,9-11; 2,4-5), en la "otra vida", sino en la tierra: allí donde un hombre (o un pueblo) se rebela ante su dolor y en su grito convergen protesta y búsqueda, reclamo y gratuidad. Como Job, que en el momento aciago de su existencia llama a Dios amigo (16,21).

Cuando el lenguaje ortodoxo sobre Dios olvida la necesaria misericordia hacia el que sufre, se convierte en retórica condenatoria de cualquier intento de abordar el Misterio desde otra orilla distinta. Y termina por condenar y crucificar al Amor. Fue la experiencia de Jesús: ¿por qué éste habla así? Está blasfemando (Mc 2,7). Job y Jesús son dos víctimas del mismo lenguaje, doctrinalmente sólido pero falto de gratuidad y de preferencia hacia el que sufre. El grito de Job, esperanzado y rebelde, prepara el grito doloroso y confiado de Jesús: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15,34; Mt 27,46). Los dos claman, en los dos casos hay un silencio transitorio, pero en ambos casos al final Dios responde. Sin embargo la respuesta que da a Job es, por ahora, provisional. En la Resurrección de Jesús, en cambio, Dios dará la respuesta definitiva. Y esa respuesta será, de nuevo, a favor de la víctima.

GUIA DE TRABAJO: CUANDO LA TRADICIÓN AHOGA EL GRITO DE DOLOR

(Texto a estudiar: Job 38,1-40,5)

I. Partir de la realidad

Son frecuentes en nuestro lenguaje expresiones como "Dios habla al hombre", "experiencia religiosa", "hablar con el Señor". Vale la pena detenernos un poco sobre nuestra propia experiencia de fe antes de iniciar el trabajo sobre este capítulo del libro de Job.

a) ¿Cuáles son las principales características de tu experiencia de Dios?

b) ¿Qué medio emplea Dios hoy para hablar al hombre?

II. Estudiar y meditar el texto

1. Lectura del texto

Leer el texto de Job 38,1-40,5

Resumirlo con nuestras propias palabras.

2. Estudio del texto

2.1. Ver el texto de cerca:

Luego de varios reclamos de Job para que Dios le hablara y luego de un largo silencio, por fin le responde. Este es el primer discurso del Señor y, a continuación, la primera respuesta de Job. La belleza literaria invita a leerlo detenidamente una y otra vez.

a) ¿Cómo dividirías este discurso? ¿Qué elementos comunes hay en cada parte?

b) Intenta poner un título a cada parte del discurso.

c) ¿Qué semejanzas de ideas, fórmulas o imágenes encuentras entre éste y los discursos anteriores que hemos trabajado?

2.2. Ver la situación social que está detrás del texto:

En discursos como éste se percibe el conocimiento científico del pueblo que escribió el Antiguo Testamento, su visión del mundo y de la naturaleza. La cosmovisión del pueblo de la Biblia (el tipo de relación con la naturaleza y los conceptos científicos) es distinta de la nuestra.

a) ¿Qué tipo de conocimiento científico, qué visión del mundo aparece en este texto?

b) ¿De qué manera se muestra la integración del hombre con la naturaleza dentro de la creación de Dios?

2.3. Escuchar el mensaje del texto

a) ¿Qué rasgos del Señor se revelan en este discurso?

b) ¿Qué tan fácil nos resulta hoy percibir la relación entre poder y misericordia de Dios, entre Su justicia y Su ternura?

c) De acuerdo con el discurso, ¿qué puesto ocupa el hombre en la creación de Dios?

d) ¿Qué pistas podemos deducir del discurso para superar nuestro discurso de Dios a los que sufren y hablar de Dios desde los que sufren?

III. Celebración de la Palabra

1. Compartir en un momento de oración las luces recibidas.

2. Rezar juntos el Salmo 103. Es un hermoso himno a la misericordia de Dios que se acerca en perdón y en amor al pecador y que muestra una solícita preferencia por los oprimidos y necesitados.

3. Asumir el compromiso de revisar nuestro discurso acerca del sufrimiento.

4. Resumir en una frase lo que hemos descubierto.

EL LIBRO DE LA SABIDURÍA

El libro de la Sabiduría tiene una serie de características literarias y teológicas que permiten apreciar su unidad. Esta es una de las razones que posibilitan que entre los estudiosos se de un acuerdo mayor que el que se da respecto a otros libros, en cuanto a la época de composición y a la proveniencia. "Sabiduría" es el término común con el que se conoce desde antiguo este libro, aunque el título no pertenece al texto.

Todo indica que el autor es un judío de lengua y cultura griegas y muy posiblemente habitante de Alejandría, sin que podamos precisar más. Comúnmente se piensa que fue escrito hacia el año 50 a.C., es el último libro del A.T. en haber alcanzado su forma escrita. El autor es un monoteísta convencido que tiene presente en todo momento a la comunidad judía egipcia de su tiempo; es lo que se suele llamar "el judaísmo de la diáspora", que había sufrido el impacto de dejar su patria natal para irse a la gran ciudad griega de Egipto. Los peligros a los que se veían sometidos los judíos de la diáspora eran varios. Por una parte, el influjo decisivo de la filosofía y la cultura pagana griega se traducía en deserciones religiosas y en abandono de la propia identidad cultural. Por otra parte, es conocida la hostilidad y persecuciones de los gobernantes griegos hacia los judíos, en particular bajo los mandatos de Ptolomeo VII (146-117 a.C.) y Ptolomeo VIII (117-81 a.C.). Finalmente, algunos de los judíos que se habían helenizado despreciaban a sus antiguos hermanos de raza y de religión, lo que ocasionaba no pocos problemas al interno de la comunidad judía. En ese ambiente adverso nace, pues, el libro de la Sabiduría.

El autor se alimenta de las tradiciones del Antiguo Testamento con el fin de sostener la fe de la comunidad judía y de mostrar la superioridad de la Sabiduría israelita respecto a la griega. Para ello recurre a los mejores argumentos teológicos y a los más finos recursos literarios del mundo hebreo. Pero no es un fanático ni un integrista que desprecie la riqueza griega. Conoce muy bien el ambiente filosófico en el que se mueve, en particular las doctrinas estoica (lo delata la propiedad con la que usa parte de la terminología estoica) y epicúrea (por ejemplo en 2,1-11), y utiliza con elegancia los recursos literarios que le brindaba el helenismo. Precisamente, cuando recurre a otros escritos del AT lo hace con preferencia en la versión griega que había sido hecha unos dos siglos antes en Alejandría. Es, entonces, un hombre entre dos mundos, que intenta hacer la simbiosis de la riqueza tradicional hebrea con la atractiva novedad griega. Una "inculturación" tan necesaria para los judíos de la diáspora cuanto para todas las grandes tradiciones religiosas y culturales que desean enriquecerse con la savia de las nuevas formas culturales.

El autor se plantea el problema del sufrimiento de los justos. ¿Por qué el justo sufre mientras los malvados se llenan de éxitos? Es una pregunta que recorre toda la Escritura en diferentes formas. Sabiduría intenta responder al interrogante mostrando cómo Dios promete la victoria final a los individuos (primera parte del libro) y a los pueblos (tercera parte) que han tenido que padecer a manos de los inicuos por causa de su fidelidad. El intento de fidelidad a Dios los hace partícipes de la Sabiduría, ella es puro don de Dios, por tanto es superior a cualquier bien cultural o moral, es la mejor compañera del justo sabio (segunda parte del libro).

Aunque no hay acuerdo total en cuanto a la división exacta del libro de la Sabiduría, se puede decir que las tres partes ya mencionadas son:

1,1-6,21: En ella el autor responde, desde su fe personal, al gran dilema que plantea la experiencia diaria que muestra cómo quienes rigen sus vidas por criterios de fe y de justicia son objeto de todos los tipos de persecución; en cambio, los malvados no sólo triunfan, sino que hasta se jactan de su tipo de vida.

6,22-9,18: Es la parte central del libro, a ella debe el título. Hablando como si fuera Salomón, el rey sabio por excelencia, el autor hace una alabanza de la Sabiduría, de sus cualidades y naturaleza, de su excelencia y de cómo ella se comunica a quien la busca de todo corazón. Es una necesidad vital para el hombre, pues sin ella es nada.

10,1-19,21: Los hechos antiguos del pueblo de Israel ilustran la obra de la Sabiduría en la historia de la humanidad: es la acción divina la que restablece la justicia en la historia. En esta sección, el autor relee de manera muy libre las tradiciones históricas de Israel para mostrar mediante una serie de comparaciones (v. g. el ataque de animales: mordedura de serpientes y las plagas de las langostas en Egipto: 16,5-14) cómo la acción de Dios es causa de ruina para los opresores (16,9) y de salvación y misericordia para el pueblo elegido (16,10).

LOS JUSTOS VIVEN ETERNAMENTE

La mayor paradoja para quienes intentan ser fieles a Dios es la distinta suerte de justos e injustos: la bonanza de éstos y las múltiples desgracias de aquellos. Esta contradicción, que aún hoy escandaliza a algunos creyentes, resultaba aún más dolorosa para los hombres del Antiguo Testamento. Durante mucho tiempo la pregunta por el sufrimiento humano se respondió con la teología de la retribución colectiva o personal: el sufrimiento del hombre es causado por su pecado. Pero la experiencia de la vida iba mostrando que ese postulado no siempre funcionaba, más aún: muchas veces la contradecía. Con esto se ponía en crisis la respuesta tradicional, pero se mantenía abierta la pregunta.

Como vimos en los talleres anteriores, el libro de Job había dado una primera respuesta: Dios no es predecible ni responde de manera automática al comportamiento de cada individuo. Su voluntad es insondable e inescrutable y no puede reducirse a una fórmula precisa por la cual lo seres humanos puedan medir sus logros. Es imposible obtener méritos religiosos de cualidad tal que puedan conducirles a pedir a Dios una recompensa.

El libro de la Sabiduría dará ahora una respuesta realmente novedosa: la recompensa prometida a los justos es la vida eterna. El ser humano no es una criatura lanzada al azar, un ser arrojado al vacío de la existencia para volver luego a la nada. Es una criatura de Dios, que en su magnífico proyecto lo destinó para la incorruptibilidad (2,23). El destino del ser humano es, por tanto, una vida incorruptible junto a Dios.

El drama de los injustos radica en que no comprenden este proyecto divino (2,22). Para ellos, la muerte es el único horizonte real y posible en la vida (2,1). La brevedad de la existencia humana muestra claramente que ésta no tiene ni pasado ni futuro: sólo la fugacidad del presente (2,1-5). De ahí se deduce necesariamente una vida totalmente licenciosa propia de quien no ha comprendido el proyecto de inmortalidad en el que el hombre ha sido creado (2,6-9). Las víctimas de esta concepción son los débiles, todo aquel que sea respetuoso con los demás, en particular y por excelencia el justo pobre (3,1). Esta forma de razonar y este género de vida son propios de quien ha hecho una alianza con la muerte (1,16).

La habilidad del autor consiste en poner estos discursos en boca de los malvados y presentarlos de manera verdaderamente dramática a través de sus mismas palabras. La dramaticidad del texto radica principalmente en el uso que hace de la ironía: los malvados se ufanan del género de vida que llevan, se burlan del débil, planean cómo destruirlo y toman el lugar de Dios al proponerse examinar la vida del justo. Pero van hacia la muerte irremediable, al final tendrán la pena que sus pensamientos merecen (3,10)

A la luz del destino trascendente de los seres humanos, el libro presenta algunos ejemplos emblemáticos que derriban la doctrina de la retribución automática. Esterilidad, sufrimiento y muerte prematura, que eran vistos como signos del castigo de Dios, pueden convertirse en ejemplos de bendición divina. La esterilidad de los justos es fecunda (la de la estéril sin mancha y del eunuco que no obra la iniquidad: 3,13-15); en cambio los malvados tienen una fecundidad estéril, incapaz de asentarse sobre fundamento sólido (3,16-19). Caso similar ocurre con el justo, que aunque muera de manera prematura gozará de reposo (4,7-16).

El verdadero centro de interés del libro de la Sabiduría (al menos en la primera sección) es la vida: Dios todo lo creó para que subsistiera (1,14). De forma más concreta la vida del justo: los justos están en la paz (3,3). El Señor los ha acogido en sus manos y los ha retirado del tormento que suponía la vida junto a los malvados; los justos viven eternamente, tienen en Dios su recompensa (5,15). Pero este don no es exclusivo de los justos que ya experimentaron la muerte. Al contrario, se extiende también a quienes en la actualidad confían en el Señor y le son fieles en el amor (3,9). De esta manera, la reflexión sobre la suerte final de los justos perseguidos se convierte en consuelo para quienes en la actualidad comparten su suerte y en exhortación a sostenerse en la fe de los mayores.

La novedad del argumento expuesto por el libro de la Sabiduría lo hace un tanto vago en puntos concretos. No se sabe con claridad, por ejemplo, si el libro postula la resurrección del cuerpo. En la intuición fundamental nuestro autor es intrépido y agudo, pero en los detalles no alcanza a sobrepasar un cierto silencio estratégico. El lector sabe que ese tipo de inquietudes solo hallarán su respuesta a la luz de la experiencia, más novedosa aún, de la Resurrección de Jesús. Y el libro más reciente del Antiguo Testamento nos deja ya al umbral del acontecimiento central de la fe cristiana.

GUIA DE TRABAJO: LA SUERTE FINAL DE JUSTOS Y MALVADOS

(Textos a estudiar: Sb 2,10-20; 5,1-13)

I. Partir de la realidad

El primer texto que vamos a leer hoy muestra cómo en el corazón de los inicuos se unen maldad y jactancia y cómo esa conducta conduce a la persecución del inocente. El libro de la Sabiduría recoge una experiencia que no es exclusiva del pueblo de Israel. También en nuestros días se repite el mismo fenómeno.

a) ¿Conocemos algún caso similar en nuestro entorno o en nuestro país?

b) Nosotros como cristianos, como Familia Pasionista, ¿qué actitud hemos tomado ante esos casos?

II. Estudiar y meditar el texto

1. Lectura del texto

1.1. Leer los textos de Sb 2,10-20; 5,1-13

    1. Repetir las frases que más nos hayan impactado.

2. Estudio del texto

2.1. Ver el texto de cerca:

Estos dos discursos contraponen de manera dramática la existencia histórica de inocentes y malvados con el destino final de los mismos. En el plano histórico, el justo despreciado se convierte en víctima del intento de los malvados de hacer valer la norma del más fuerte como ley de vida. En el día decisivo, todo cambia radicalmente.

Leamos detenidamente los dos discursos.

a) ¿Cuáles son las características de cada discurso (quienes hablan, cómo lo hacen, cuál es el tono de la voz, etc)?

b) ¿Qué elementos son propios de cada discurso y cuáles son comunes a los dos?

2.2. Ver la situación del pueblo

El sabio, autor del texto, critica de manera severa los criterios y género de vida de aquellas personas que olvidan el proyecto trascendente del ser humano. Al hacerlo, se comprometen en proyectos de muerte que incluyen la concepción meramente materialista de la existencia humana, un género de vida licencioso, y la burla y persecución de quienes permanecen fieles a Dios y a sus propósitos para con los hombres.

¿Cuál es la situación del pueblo que se desprende del texto a través de las palabras de los malvados?

2.3 Escuchar el mensaje del texto

En las últimas escenas del libro de Job, el Señor anunciaba a los amigos la intercesión de Job por ellos (42,7). Pero Job era un justo que sufría de manera inocente, golpeado por Satán. Ahora nos encontramos ante un drama distinto: el del justo perseguido por los malvados (2,10-20). Ese drama se contrapone en el segundo texto a la suerte decisiva de malvados y justos (5,1-23). La salvación inesperada del justo es el motivo que lleva a los malvados a revisar su vida y a arrepentirse por aquello de lo que antes se ufanaban. Como se trata de un momento final, sin posibilidad de retorno, el rol del justo es importante: no es el juez, pero los criterios que guiaron su existencia son los que ahora emplean los malvados para evaluar su propia vida.

a) ¿Podrías dar detalles más precisos acerca del "juicio" y del rol del justo y de los malvados en él?

b) ¿Cómo predicar y mostrar hoy a nuestro mundo que no puede ser idéntico el destino definitivo del perseguidor y el de la víctima inocente?

III. Celebración de la Palabra

1. Compartir en un momento de oración las luces recibidas.

2. Rezar juntos el Salmo 49. Pertenece a la misma corriente literaria y teológica que produjo el libro de la Sabiduría. Podemos pensar en algún caso concreto en quien veamos realizado lo que dice el salmo.

3. A la luz de la reflexión de hoy, elaborar un compromiso comunitario que muestre la preferencia de Dios por la víctima.

4. Resumir en una frase lo más novedoso de este encuentro para tratar de recordarla siempre.